SER PADRE




El domingo es día del padre y me acordé de un congreso al que fui hace años organizado por el Círculo Psicoanalítico Mexicano que se llamó "la huella del padre en la vida de la hija". Lo que más recuerdo es que éramos muchísimas mujeres, viendo películas alusivas al tema, escuchando ponencias que explicaban todos los fenómenos vinculares que se dan entre padre e hija y varias, muchas también, lloraban sus propias heridas, vacíos, abandonos y anhelos en relación a sus padres.

El Instituto Nacional de las Mujeres ha dicho en reiteradas ocasiones que el padre mexicano es un padre abandonador en términos estadísticos. Por la migración a los Estados Unidos, por irresponsabilidad o por falta de compromiso con la mujer con la que procrea un hijo.

Dicen los estereotipos de género que los hombres siempre encuentran la forma de huir al espacio público escondiéndose detrás del exceso de trabajo, incapaces de ser fieles, asustados de ser controlados por sus mujeres y todo esto los convierte en seres que no están. Una investigación organizada en Stanford, contó cuántas palabras decía un padre a sus hijos y cuánto tiempo pasaba con ellos en sus recámaras en comparación con la madre. La proporción era de siete a uno siendo siete veces más palabras y más tiempo el pasado por la madre con los hijos en comparación con el uno del padre.

Sin embargo, en todos estos años, he podido atestiguar a veces, la convicción de muchos hombres interesados en ejercer su paternidad de una forma distinta a la concebida por el discurso dominante que tiene mucho de reduccionista y muy poco de justo para reflejar las particularidades de las historias de padres que hacen su mejor esfuerzo por estar.

Para la hija, el padre es el primer hombre de su vida. Para el hijo, es el primer modelo a seguir. La hija se enamora del padre. El hijo quiere ser como el padre. La niña aprende a verse a sí misma a través de los ojos del padre y esta mirada la ayudará a construir más adelante su identidad de mujer. La niña se vuelve coqueta y encantadora ante la mirada amorosa del padre. Esta relación sufre la prueba de fuego cuando la hija llega a la adolescencia y el padre siente la necesidad de poner un límite en la cercanía física y emocional con la hija, decisión necesaria para una adecuada diferenciación de la hija que de lo contrario se puede convertir en una suerte de pareja del padre. Para el hijo varón la cosa está más fácil. No tiene que pelearse con la madre por el amor del padre. Simplemente tiene que tratar de ser como él. Y habría que decir que hay padres inseguros que compiten incluso con sus hijos y disfrutan de ganarles en todo y de dejarles en claro que ellos son mejores y más fuertes y siempre lo serán.

Si la relación de la hija con la madre es frustrante, la hija huirá a protegerse con el padre. Padre e hija a veces borran a la madre, la desaparecen, dando lugar en esta hija a una sobrevaloración de lo masculino, a una rivalidad con otras mujeres porque se ha acostumbrado familiarmente a competir con una mujer (su madre) por el amor del hombre. Quizá esto pueda derivar también en conductas sexuales impulsivas de la hija al tener una sexualidad demasiado poderosa, jamás acotada ni asentada por la presencia de una pareja parental adulta que la regrese a su lugar de hija.

El padre puede ser posesivo con la hija como producto de la envidia hacia la madre en cuanto a la fusión que ésta tiene con los hijos gracias a la maternidad biológica. El padre busca fusionarse con los hijos, sobre todo con la hija para competir.

La angustia de separación en la mujer surge por los abandonos del padre. Esta angustia se convierte en la hija en pánico frente a la ausencia y a la separación. La muerte, el divorcio, la desvinculación afectiva del padre, generan este miedo al vacío en la hija.
Hay padres con profundas tendencias destructivas. O por machismo, que devalúa a la hija por el simple hecho de haber nacido mujer o por una tendencia al abuso, al incesto, al maltrato, al abandono, donde el amor se convierte en perversión y en dolor.
Se dice (lo dijo Freud) que la ley la impone el padre. Quizá nos convendría creernos esto cada vez menos. La ola de mujeres solas sería más desoladora aún si pensáramos que la internalización de la ley sólo es posible habiendo un hombre en el panorama.

Que la madre pueda ser madre y padre es sólo una frase aspiracional. La madre es madre. Y a veces con eso basta. Porque si el padre sólo es reconocido como la ley, puede volverse patológicamente exigente, inhibiendo la creatividad y la libertad necesarias para que la hija y el hijo sean lo que tengan y quieran ser. La sana exigencia del padre promueve el éxito, la confianza y la creatividad en los hijos.

Un buen padre no está obsesionado con su masculinidad y puede llegar a sentirse cómodo haciendo algunas cosas que hace la madre. Estos padres sonríen, cargan y hablan más con sus bebés que aquellos con prejuicios de género. El padre puede proteger a los hijos de la sobreprotección de la madre, pero también existe para apoyar a la madre, para ser el contacto con el mundo, un mundo más real y menos ideal que el que se vive con la madre. Fromm dijo que la gran diferencia entre el amor de la madre y del padre es que el de la madre es incondicional y el del padre no. Yo estoy convencida de que hay de todo. Padres sobreprotectores, que aman incondicionalmente, incapaces de decir no, cariñosos, dulces, juguetones, frágiles. Y madres frías, distantes, que condicionan el amor, que son más estrictas con los hijos que el padre, etc.

Total, felicidades a todos aquellos que se aventaron el tiro a pesar de los pesares, a pesar del miedo, de la falta de dinero, de su juventud, de la falta de planeación, de cualquier falta de algo. Tener un hijo, hacerse responsable de él, legarle algo valioso, es un acto de amor y compromiso que merece ser aplaudido siempre.

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