10 HECHOS QUE TODA MUJER DEBE SABER


1. Todo el mundo tiene rollos cuando se inclina. 


2. Cuando alguien te diga que eres hermosa, créele. No lo niegues y solo di “gracias”.


3. Todas las mujeres enseñan lo bonito y esconden lo feo, no te compares con lo que no conoces. 


4. Por cada mujer descontenta con sus estrías y celulitis hay otra mujer que desearía verse como tú . 


5. Definitivamente deberías tener más confianza. Y si te vieras a ti misma como te ven los demás, lo harías. 


6. No busques a un hombre que te salve. Se capaz de salvarte a ti misma. 


7. Está bien no amar cada parte de tu cuerpo ... pero deberías. Aunque lo que si está mal es odiar tu cuerpo, no lo hagas.


8. Todos tenemos ese amiga que parece tenerlo todo junto. Esa mujer con una vida aparentemente perfecta. Bueno, podrías ser esa mujer para otra persona. 


9. Deberías ser tu prioridad. No es una opción, un último recurso o un plan de respaldo, hazlo.


10. Eres una mujer, no una imagen, no una foto en el celular, no un reflejo en el espejo del vestidor, no una idea ajena de lo que deberás de ser. Ama ser tu. 



FRASES DE MARIA FÉLIX





 

LAS MUJERES DE ROSENSTRABE


Las ametralladoras apuntaban hacia una multitud de mujeres que se negaban a moverse. En el corazón de Berlín, en 1943, una ciudad sometida al puño de hierro del régimen nazi, algo extraordinario estaba ocurriendo en una calle estrecha llamada Rosenstraße.


Mientras el resto del mundo ardía en la Segunda Guerra Mundial, un grupo de esposas alemanas comunes decidió que ya había visto suficiente. No eran soldados y no tenían bombas. Tenían algo que el régimen temía de verdad: una voluntad imposible de quebrar.


A finales de febrero de 1943 comenzó la gran redada contra los últimos judíos que quedaban en Berlín. Entre los detenidos había cerca de 2.000 hombres, muchos de ellos protegidos hasta entonces de forma precaria por estar casados con mujeres no judías o por otras exenciones temporales.


El régimen decidió que había llegado el momento de acabar también con esas excepciones. Aquellos hombres fueron detenidos y encerrados en el edificio de la comunidad judía en Rosenstraße 2-4, mientras se decidía su destino.


Pero los nazis subestimaron la fuerza de unas esposas que se negaban a desaparecer en silencio.


Todo empezó con unas pocas mujeres merodeando cerca del edificio, buscando noticias. Al día siguiente ya eran muchas más. Durante días, cientos se reunieron allí. No tenían una líder única ni una consigna organizada desde arriba; simplemente permanecieron juntas en el frío del invierno berlinés.


El aire estaba cargado de tensión mientras los guardias intentaban dispersarlas. Hubo amenazas. Hubo gritos. Hubo momentos en que se les ordenó despejar la calle bajo amenaza de disparos.


Las mujeres retrocedían apenas unos pasos, esperaban, y luego volvían a ocupar su lugar. Sus voces se alzaban una y otra vez contra los muros del edificio: “¡Devolvednos a nuestros maridos!”.


Joseph Goebbels, responsable de la propaganda nazi y máxima autoridad política en Berlín, entendió el peligro. Solo semanas antes, Alemania había sufrido la derrota de Stalingrado. La moral estaba en crisis.


Sabía que ordenar una masacre pública de mujeres alemanas en plena capital podía provocar una reacción interna imposible de controlar. El régimen que presumía de fuerza absoluta quedó paralizado ante un grupo de mujeres con abrigos de lana y una determinación feroz.


“¡Queremos a nuestros hombres!”, gritaban una y otra vez, día tras día. Aguantaron el hambre, el cansancio y el miedo real a la represión.


Y entonces ocurrió lo impensable.


Las puertas del centro de detención se abrieron.


Uno a uno, los hombres fueron saliendo. Estaban sucios, asustados, agotados, pero vivos. El Estado nazi había cedido. La protesta de Rosenstraße terminó logrando la liberación de la mayoría de los hombres retenidos allí, e incluso algunos que ya habían sido deportados fueron devueltos a Berlín. Fue una de las escasas victorias visibles de una protesta pública no violenta en el corazón del Tercer Reich.


La lección de esta historia real es que incluso en los tiempos más oscuros, callar también es una elección, y el valor puede extenderse de una persona a otra.


A menudo pensamos que una sola persona no puede cambiar el mundo, pero las mujeres de Rosenstraße demostraron que cuando alguien se niega a apartar la mirada, incluso los muros de la injusticia pueden empezar a resquebrajarse.


Fuente: United States Holocaust Memorial Museum ("The Rosenstrasse Demonstration, 1943", fecha no disponible)

STANISLAVA LESZCYNSKA

Stanisława Leszczyńska era una partera polaca de la ciudad de Łódź. Era una mujer profundamente católica, de voz suave pero con una voluntad inquebrantable. Cuando los nazis ocuparon Polonia y crearon el gueto judío en su ciudad, Stanisława y su familia arriesgaron sus vidas a diario pasando comida y documentos falsos para ayudar a los judíos a escapar.


Inevitablemente, la Gestapo los descubrió. En abril de 1943, Stanisława y su hija fueron enviadas a Auschwitz. Mientras las desnudaban y les tatuaban números en los brazos (ella se convirtió en la prisionera 41335), Stanisława hizo algo increíblemente arriesgado. Enrolló su certificado oficial de partera en un pequeño cilindro y lo metió a presión dentro de un tubo de pasta de dientes. Ese pedazo de papel era su única arma.


Cuando enfermó en el campo y fue enviada al hospital de prisioneros (un lugar donde entrar solía significar salir hacia las cámaras de gas), descubrió que una partera alemana del campo había caído enferma. Stanisława sacó su certificado del tubo de pasta y se ofreció como voluntaria. Fue asignada al Bloque de Maternidad.


El "Bloque de Maternidad" era un nombre engañoso. Era una barraca de madera construida originalmente para caballos. No había camas, solo literas de madera podrida de tres pisos. El suelo era de tierra, convertido en un lodazal pestilente debido a las inundaciones. Las ratas, del tamaño de gatos, corrían libremente por las paredes y mordisqueaban a las mujeres moribundas. No había agua corriente, ni vendas, ni anestesia, ni pañales.


Allí operaban las "Kapos" (prisioneras ascendidas a supervisoras), lideradas por una mujer alemana apodada "Hermana Klara". La regla del campo era clara y monstruosa: todos los bebés nacidos en Auschwitz debían ser ahogados en un barril de agua inmediatamente después del parto, frente a sus propias madres.


Un día, el infame Dr. Josef Mengele, conocido como el "Ángel de la Muerte", entró a la barraca y le dio a Stanisława la orden directa de asesinar a los recién nacidos. Se enfrentaba a la decisión moral más difícil de su vida: obedecer y vivir, o negarse y ser ejecutada en el acto.


Stanisława miró a Mengele a los fríos ojos y pronunció una frase que resonó en el silencio mortal del bloque: "No. Los niños no pueden ser asesinados".


Mengele, un hombre que enviaba a miles a las cámaras de gas con un movimiento de su dedo, se quedó paralizado. Furioso, le gritó, pero por alguna razón inexplicable, no sacó su pistola para matarla. Se dio media vuelta y se marchó. Stanisława había ganado la primera batalla.


Durante los siguientes dos años, Stanisława trabajó turnos de 24 horas. Estaba rodeada de mujeres esqueléticas, enfermas de tifus y disentería, muchas de ellas sabiendo que iban a morir. Sin embargo, cuando comenzaban las contracciones, Stanisława se convertía en un ángel protector.


Logró organizar a las mujeres para que donaran minúsculas partes de su ración de agua y así poder limpiar a las parturientas. Pedía a gritos mantas viejas para arrancarles pedazos de tela y usarlos como pañales. Cada vez que iba a atender un parto, se arrodillaba en el lodo, hacía la señal de la cruz y comenzaba a trabajar en la oscuridad.


El asombro médico llegó pronto. En condiciones donde cualquier mujer sana habría muerto de sepsis en un hospital moderno, las mujeres de Auschwitz que daban a luz con Stanisława sobrevivían. Entonces sucedió algo inesperado. Mengele exigió un informe de la tasa de mortalidad materna e infantil. 


Cuando leyó los números de Stanisława, estalló en cólera. La tasa de mortalidad de las madres y los bebés durante el parto era del 0%. Ni una sola mujer había muerto en el parto bajo el cuidado de la prisionera polaca. Era una estadística que ni siquiera las clínicas más prestigiosas de Berlín podían igualar.


A pesar de su éxito médico, la tragedia era inevitable. Aunque Stanisława lograba traer a los bebés al mundo sanos y salvos, no podía protegerlos del hambre. Las madres, desnutridas hasta los huesos, no tenían leche. El campo no proporcionaba ningún alimento para los recién nacidos. Muchos morían de hambre en los días posteriores. Otros, que nacían con cabello rubio y ojos azules, eran arrancados de los brazos de sus madres y enviados a Alemania para ser adoptados y "germanizados".


Sabiendo que las madres podrían no volver a ver a sus hijos, Stanisława ideó un plan silencioso. En la oscuridad de la noche, usando agujas robadas y tinta rudimentaria, Stanisława y sus ayudantes tatuaban en secreto un minúsculo número en la axila o en el talón de los recién nacidos que iban a ser robados por los alemanes. Era el mismo número de prisionera de sus madres. Su esperanza era que, al terminar la guerra, ese pequeño código de tinta permitiera que las familias volvieran a reunirse.


Fueron más de 3,000 los bebés que pasaron por sus manos. 3,000 vidas que respiraron su primer aliento sabiendo, por el tacto de Stanisława, que el mundo aún conservaba un rastro de amor y dignidad, a pesar de estar rodeados por el humo de los crematorios.


En enero de 1945, el Ejército Rojo se acercaba. Los nazis comenzaron las "marchas de la muerte", evacuando el campo para borrar la evidencia de sus crímenes. Stanisława se negó a marchar. Se quedó en el Bloque de Maternidad con las mujeres demasiado débiles para caminar y los últimos recién nacidos, protegiéndolos hasta que los soldados soviéticos finalmente abrieron las puertas el 27 de enero.


Stanisława regresó a su amada ciudad de Łódź, se reunió con sus hijos que habían sobrevivido milagrosamente, y siguió ejerciendo como partera. Fiel a su carácter humilde y silencioso, casi nunca habló de lo que hizo en Auschwitz. Decía que solo había cumplido con su juramento médico.


Fue recién en 1970, cuatro años antes de su muerte, cuando se celebró un evento en Varsovia en su honor. Cientos de personas asistieron. Eran madres ancianas y adultos jóvenes. 


Cuando Stanisława subió al escenario, muchos de los presentes lloraron desconsoladamente. Eran los niños de Auschwitz. Los niños que ella había traído al mundo. Algunos de ellos le mostraron las pequeñas cicatrices de tinta en sus axilas.


 

HANNA ARENDT


Febrero de 1963.Una filósofa alemana, judía y sin pasaporte, regresa al centro de la historia. Ella informa sobre el juicio del hombre que organizó el transporte de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio.


The New Yorker publicó una serie de artículos sobre un juicio en Jerusalén.


Lo que escribe provoca una tormenta enseguida.


Porque dice algo que nadie quería escuchar:


Ese hombre no era un monstruo.


Era, en sus propias palabras…


Terrible y aterradoramente normal.


Esta es la historia de cómo esa frase rompió amistades. También trajo amenazas de muerte y se convirtió en una de las ideas más importantes del siglo XX.


Hannah Arendt nació el 14 de octubre de 1906 en Hannover.


Hija única de una familia judía de clase media. 


Su padre, Paul Arendt, era ingeniero. Cuando Hannah tenía tres años, la familia volvió a Königsberg. 


Esta era la ciudad prusiana donde Paul había crecido. 


Regresaron porque Paul necesitaba tratamiento médico. Padecía sífilis avanzada.


Königsberg era la ciudad de Kant.


Este no es un dato menor, sirve para entender lo que Arendt haría sesenta años después con las ideas de ese mismo filósofo.


Su padre murió en 1913. 


Hannah tenía siete años.


Ese mismo año murió también su abuelo, que había sido una figura paterna durante la enfermedad de Paul. 


En 1914, al comenzar la guerra, el frente ruso estaba muy cerca. 


Su madre huyó con ella a Berlín. 


Regresaron cuando el frente se estabilizó.


La infancia de Arendt se vio afectada por la pérdida, el desplazamiento y la cercanía de la violencia histórica.


Su madre, Martha, la educó con una apertura intelectual inusual para la época porque a los catorce años, Arendt ya había leído la Crítica de la razón pura de Kant, a los diecisiete, la expulsaron del colegio por insubordinación.


Por si te lo preguntas, había organizado un boicot contra un profesor que consideraba injusto. 


Se fue sola a Berlín a estudiar teología cristiana, sin haber terminado la escuela secundaria.


En 1924, a los dieciocho años, llegó a la Universidad de Marburgo y ahí empezó algo que define toda su vida.

 

Martin Heidegger tenía treinta y cinco años cuando Arendt llegó a sus clases. 


Era el filósofo más brillante y más discutido de Alemania. 


Casado y padre de familia, ella tenía dieciocho.


Se enamoraron y mantuvieron la relación en secreto durante años.


Ese detalle es la primera contradicción de la vida de Arendt. 


La mujer que más tarde se centraría en la responsabilidad moral eligió, durante su formación, a un hombre que se unió al Partido Nazi en 1933, apoyó al régimen y nunca pidió disculpas. 


La amistad entre los dos  se prolongó, con interrupciones y tensiones, hasta la muerte de Arendt. 


Nunca llegaron a un acuerdo sobre ese pasado.


Completó su doctorado en Heidelberg bajo la dirección de Karl Jaspers, sobre el concepto de amor en San Agustín. 


Recibió el título en 1928 y en 1929 se casó con Günther Stern, filósofo.


En 1933, Hitler llegó al poder. 


Arendt fue detenida por la Gestapo porque recopila información sobre propaganda antisemita en la Biblioteca Estatal de Prusia. 


La interrogaron, pero convenció al interrogador de que lo que hacía era inofensivo y la liberaron.


Aún así  al día siguiente, cruzó la frontera hacia París con su madre.


No volvería a Alemania.


París, Praga, Ginebra —y otra vez París. 


Arendt pasó casi dos décadas como sin patria.


 El régimen nazi le quitó la nacionalidad alemana en 1937, así que no tenía pasaporte. Ella describió su situación como "la compleja existencia de papel de quienes no tienen estado".


En París trabajó para organizaciones judías que ayudaban a niños refugiados a emigrar a Palestina. 


Conoció a Heinrich Blücher.


Él era un comunista sin estudios formales y exmilitante de la [Liga Espartaquista de Rosa Luxemburg].


 Se casaron en enero de 1940.


Ese año, las autoridades francesas arrestaron a los alemanes. Los consideraron "enemigos extranjeros". 


Arendt pasó semanas en un campo de concentración en el sur de Francia antes de escapar y, en mayo de 1941, ella y Blücher llegaron a Nueva York. 


En 1951 obtuvo la ciudadanía estadounidense. 


Ese mismo año publicó Los orígenes del totalitarismo, el libro que la convirtió en una figura intelectual mayor. 


Ella decía que el nazismo y el estalinismo eran, más que opuestos, variantes del mismo sistema: el totalitarismo, controlaba los cuerpos y buscaba destruir la pluralidad humana desde adentro.


En ese libro, el mal nazi era radical, absoluto, casi metafísico en su horror.


Diez años después, cambiaba de idea. 


O, más bien: la profundiza hasta hacerla irreconocible.


Y asi llegamos al hombre en la cabina de vidrio, la dichosa polémica.


Abril de 1961. 


Jerusalén. 


Adolf Eichmann es juzgado por crímenes contra la humanidad.


Eichmann había sido teniente coronel de las SS, uno de los principales organizadores de la logística del Holocausto: los trenes, horarios, listas, registros. 


Cientos de miles de personas deportadas hacia los campos de exterminio pasaron por sus planillas.


 Fue capturado por el Mossad en Argentina en 1960, donde vivía bajo el nombre de Ricardo Klement.


The New Yorker envió a Arendt a cubrir el juicio.


Lo que encontró la sorprendió, inesperadamente...


El hombre que estaba en la cabina de vidrio blindado no era un demonio.


 No era fanático antisemita que ardía de odio.


Lo que estaba ahí era un burócrata común. 


Hablaba en clichés y citaba mal a Kant.


Y, se justificaba repitiendo que solo cumplía órdenes. 


Decía que seguía la ley y que hacía su trabajo.


Arendt lo describió como un hombre incapaz de pensar desde el punto de vista de otra persona, sino por ausencia más que por maldad,  por un vacío donde debería haber reflexión.


Lo llamó la banalidad del mal. 


La frase fue inmediatamente malinterpretada, y esa mal interpretación persiste hasta hoy.


Le dicen, en la mayoría de los casos que trivializa la maldad, habla de ella como si no fuera nada pero, más allá de eso la teoriza, agarró la imagen del concepto y encontró algo bastante raro y fascinante...


Banalidad del mal no significa que el mal sea poco importante o trivial. 


No dice que el Holocausto fuera un accidente burocrático.


Arendt propuso una idea inquietante: los actos más horribles de la historia no requieren monstruos.


El mecanismo que llevó a millones a la muerte fue, en gran parte, manejado por personas que habían dejado de juzgar.


La maquinaria del exterminio no funcionó a pesar de ser ordinaria, sino porque era ordinaria. 


Porque tenía formularios, plazos y cadenas de mando. 


Pusieron a los actos terribles como algo tan cotidiano que la persona comenzó a naturalizar.


Porque cada persona en la cadena podía decirse a sí misma que su parte era pequeña, técnica y administrativa.


El mal no necesita intención malévola para producir resultados catastróficos. 


Lo que necesita es que suficiente gente  deje de pensar.


Para Arendt, la thoughtlessness, o falta de reflexión sobre las consecuencias de los actos, 

no era "solo" algo de Eichmann. 


Era un riesgo en cualquier sistema burocrático grande y eficiente.


La pregunta que el libro plantea es incómoda: 


cuántos Eichmanns hay en cada estructura de poder a lo largo de la historia? 


Y, cuántos somos capaces de reconocerlos o de reconocernos?


Más allá de lo fascinante de la idea, trajo controversias, porque según las primeras fuentes consultadas, la mayoría leía las primeras diez páginas de un documento de cuentos de páginas para comenzar a criticarla...


Los artículos aparecieron en The New Yorker entre febrero y marzo de 1963. 


El libro se publicó ese mismo año.


La reacción fue inmediata y feroz.


Había dos fuentes de indignación.


Eichmann fue descrito como un burócrata común, no como un fanático. 


Para muchos sobrevivientes y la comunidad judía, esto minimizaba su responsabilidad y él ayudó a causar la muerte de millones.


 La segunda, y más impactante, fue el análisis de Arendt sobre los consejos judíos (Judenräte). 


Estos eran los organismos administrativos que los nazis impusieron en los territorios ocupados. 


Arendt decía que esos consejos, en medio de una gran presión y sin opciones reales, ayudaron a mantener el orden durante las deportaciones.


Esas páginas, apenas diez en un libro de más de trescientos, incendiaron el debate intelectual de la época.


Gershom Scholem, un destacado intelectual judío del siglo XX y fundador del estudio moderno de la Cábala, fue amigo de Arendt durante décadas, sin embargo, le escribió una carta acusándola de traición. 


Le exigió que escribiera como judía, que escribiera desde el amor al pueblo judío.


Arendt le respondió con la frase más citada de toda su correspondencia: 


no amaba a los pueblos ni a los colectivos.


 Solo amaba a sus amigos.


Pertenecía al pueblo judío, pero eso era distinto del amor.


 La amistad entre ambos no sobrevivió al intercambio. 


Entonces llegaron amenazas de muerte. 


Organizaciones boicotearon sus conferencias. 


Intelectuales que la habían admirado la atacaron en publicaciones.


 La Anti-Defamation League publicó un informe crítico. 


El historiador Michael Musmanno escribió que el libro contenía tantos errores factuales como cenizas hay en una chimenea.


Arendt no se retractó.


Revisó detalles en ediciones posteriores. 


Algunos colegas dicen que en privado mencionó que el tono de ciertas secciones pudo haber sido un error. 


Pero la tesis central no se movió.


El problema que sus críticos no querían ver


Décadas después, 


el debate tomó una vuelta adicional.


La historiadora alemana Bettina Stangneth publicó en 2011 "Eichmann antes de Jerusalén".


Este libro se basa en fuentes que Arendt no conoció. 


Incluye grabaciones de entrevistas que Eichmann dio en Argentina en los años cincuenta, antes de su captura. 


En ellas, Eichmann no hablaba como un burócrata neutro. 


Hablaba como alguien que entendía perfectamente lo que había hecho, 


que conocía la ideología nazi con profundidad y que no mostraba arrepentimiento.


Esto reforzaba a quienes decían que Arendt se había equivocado. 


Eichmann actuó como un burócrata común en el juicio, pero había algo más oscuro en su interior.


El debate filosófico que esto abre es legítimo. 


Pero hay que distinguirlo del argumento central de Arendt, la imagen permanece y me parece bastante interesante...


que no dependía completamente de la psicología individual de Eichmann. 


Su pregunta más profunda no era "¿qué pensaba Eichmann en su interior?" 


sino "¿qué condiciones hacen posible que millones de actos administrativos ordinarios produzcan un exterminio?".


 La pregunta sigue siendo relevante, sin importar cuánto antisemitismo personal tenía Eichmann.


El mal no necesita ser monolítico para ser sistémico.


Lo que Arendt vio que sus contemporáneos y no podían ver...


Hannah Arendt tuvo una ventaja y una desventaja frente al material que estaba analizando.


La desventaja es conocida:


 no tenía acceso a todas las fuentes.


Dependía del juicio, de los testimonios, de los documentos disponibles en 1961.


La ventaja es lo que hizo su análisis irreemplazable: 


había vivido la experiencia de ser expulsada de un sistema político. 


Sabía, desde el cuerpo, lo que significaba que el Estado decidiera que vos no existías.


 Había cruzado fronteras ilegalmente, vivido en un campo, pasado años sin pasaporte en un continente que te pedía papeles para todo.


Esa experiencia, le daba una comprensión del totalitarismo que los análisis puramente académicos no podían replicar. 


el sufrimiento personal no asegura la verdad filosófica, pero... 


permite hacer preguntas que otros ignoran. 


No solo


 "cómo llegó Hitler al poder?" 


sino


 "qué hace un sistema a las personas que participan en él, aunque sea en sus partes más pequeñas?".


La respuesta que elaboró a lo largo de toda su obra era que los sistemas totalitarios funcionan porque destruyen la capacidad de juzgar. 


No la capacidad de obedecer, que es fácil de obtener con suficiente presión. 


Sino la capacidad de preguntarse si lo que se obedece debería ser obedecido.


Pensar, para Arendt,  era la condición básica de la responsabilidad moral.


Hannah Arendt murió el 4 de diciembre de 1975 de un infarto, en su apartamento de Nueva York. 


Tenía sesenta y nueve años.


En la máquina de escribir quedó una hoja con el encabezado del último capítulo de La vida del espíritu, el libro en el que estaba trabajando. 


El capítulo iba a llamarse 


"El juzgar". 


Solo había escrito el título y dos epígrafes. 


Pasó sus últimos años tratando de explicar una idea que vio en el juicio de Eichmann: 


la ausencia de pensamiento no es neutral.


cuando las personas dejan de juzgar, no pasa nada. 


No pasa nada en apariencia, los formularios siguen circulando, trenes siguen saliendo a horario, archivos se completan correctamente.


Y en algún otro nivel, fuera del campo visual de cada operador individual, 


algo atroz está ocurriendo.


Lo que Arendt nunca completó fue la respuesta a su propia pregunta: 


se puede enseñar, cultivar e institucionalizar el juzgar? 


hay una manera de construir sistemas que hagan más difícil la suspensión del pensamiento que hizo posible el Holocausto?


Dejó la pregunta abierta porque es una pregunta abierta.


Las estructuras que describió Arendt no desaparecieron con el nazismo.


Son la base de cualquier gran burocracia:


>   Dividen la responsabilidad en pasos pequeños que parecen inofensivos


>  Reemplazan el juicio moral con procedimientos técnicos.


>  Ponen la eficiencia por encima de todo.


"solo cumplía órdenes" 


 Es una respuesta disponible para cualquier persona en cualquier cadena de mando en cualquier lugar.


Y,   Arendt no decía que debíamos 

desconfiar de las instituciones o de la autoridad en abstracto. 


Era más específica y más exigente: 


que la única defensa contra ese mecanismo es la voluntad y la capacidad individual de pensar.


 De preguntar qué se está produciendo realmente con los propios actos. 


De negarse a esconderse detrás del procedimiento.


Pensar, en el sentido en que Arendt lo usaba, no significa tener opiniones fuertes ni hablar mucho. 


Significa asumir las consecuencias de nuestras acciones, 


incluso si eso va en contra de lo que espera el sistema.


Es más difícil de lo que parece.


Y es  lo que Eichmann, 


según Arendt, 


nunca hizo.


Firma: La broma infinita  


[1] El concepto de banalidad del mal fue introducido como subtítulo de Eichmann en Jerusalén: Crónica de la banalidad del mal (1963).


 Arendt dijo en varias entrevistas que no buscaba hacer una propuesta filosófica. 


Solo quería describir lo que observó durante el juicio. La discusión sobre si el concepto puede existir sin la psicología de Eichmann se amplió en su obra póstuma, 


"La vida del espíritu" (1978). 


Esto es especialmente claro en el volumen sobre "El pensar". Para una discusión actual sobre los límites del concepto, consulta Bettina Stangneth, *Eichmann antes de Jerusalén* (2011; trad. española, Taurus, 2016).

...


[2] El intercambio epistolar entre Arendt y Gershom Scholem fue publicado en alemán en agosto de 1963 y en inglés en la revista Encounter en enero de 1964. 


Está incluido en la recopilación The Jew as Pariah (1978).


 La carta de Scholem es del 23 de junio de 1963; la respuesta de Arendt es del 20 de julio de 1963. El fin de la amistad entre ambos fue documentado en la correspondencia editada por Marie Luise Knott: 


The Correspondence of Hannah Arendt and Gershom Scholem (University of Chicago Press, 2017).

[3] La situación de Arendt durante la ocupación francesa y su internamiento en el campo de Gurs están documentados en Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt: 


For Love of the World (Yale University Press, 1982), la única biografía completa en inglés autorizada por los allegados de Arendt. Young-Bruehl tuvo acceso a los archivos personales de Arendt en la Biblioteca del Congreso.

.....


[4] La descripción de la máquina de escribir con el título del capítulo inacabado proviene de testimonios de Mary McCarthy, albacea literaria de Arendt, 


recogidos en la introducción a la edición publicada de La vida del espíritu (Harcourt, 1978).

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Fuentes


Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Viking Press. [Ed. española: Eichmann en Jerusalén. Lumen, 1999]


Arendt, H. (1951). The Origins of Totalitarianism. Harcourt. [Ed. española: Los orígenes del totalitarismo. Taurus, 2006]


Arendt, H. (1978). The Life of the Mind. Harcourt. [Ed. española: La vida del espíritu. Centro de Estudios Constitucionales, 1984]


Young-Bruehl, E. (1982). Hannah Arendt: For Love of the World. Yale University Press.


Stangneth, B. (2011). Eichmann vor Jerusalem. Arche. [Ed. española: Eichmann antes de Jerusalén. Taurus, 2016]


Knott, M. L. (ed.) (2017). The Correspondence of Hannah Arendt and Gershom Scholem. University of Chicago Press.


Stanford Encyclopedia of Philosophy. (2024). Hannah Arendt. 


Britannica. (2025). Hannah Arendt. 


Jewish Women's Archive. Hannah Arendt. 


National Endowment for the Humanities. The Trial of Hannah Arendt. 

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Seguís leyendo? Me tenés impresionado.

Como siempre separo mí opinión del artículo objetivo, diré que para que sea crítico debemos separar la opinión personal, las ideas de la autora me tienen fascinado, imagino que hay algo de ella para el experimento de los científicos que lograron que muchas personas accedieran a causar el mal a otros solo por recibir la orden de otro, muy pocos de negaron.


Hay una lógica psicológica en la despersonalización, ya lo vengo trabajando en la idea del fascismo y como se introduce en las personas hasta naturalizarlo. 


El aspecto psicológico de que por simplemente recibir una orden comenzamos a no formar parte de eso.


Aunque la idea es buenísima como concepto a partir de una imagen, lamentablemente utilizaron las fuentes a las cuales no tenía acceso o desconocía para desprestigiar su idea... No podemos negar que la imagen es totalmente contemporánea y propia de su propio análisis...

SOPHIE SCHOLL

Sophie Scholl creció en una Alemania que se hundía en el fanatismo. Al principio, como muchos jóvenes, se unió a las juventudes hitlerianas, pero su espíritu crítico y su educación humanista pronto la hicieron chocar con la realidad. Veía cómo sus amigos judíos desaparecían, cómo la libertad de expresión era aplastada y cómo la guerra devoraba a su generación.


Al entrar a la Universidad de Múnich para estudiar Biología y Filosofía, se unió a su hermano Hans y a un pequeño grupo de amigos en una misión suicida. Se hacían llamar "La Rosa Blanca". Su arma no era el sabotaje físico, sino el despertar de las conciencias.


En secreto, el grupo redactaba, imprimía y distribuía panfletos que denunciaban los crímenes del nazismo y el exterminio de los judíos en el Este. Eran textos profundos, llenos de citas de filósofos y poetas, que llamaban a la resistencia pasiva. "No nos callarán", decía uno de sus escritos, "somos su mala conciencia; la Rosa Blanca no los dejará en paz".


Sophie era esencial. Como mujer, era menos probable que la policía secreta la detuviera en los trenes mientras transportaba maletas llenas de propaganda prohibida por todo el sur de Alemania. Vivían en una tensión constante, sabiendo que la Gestapo estaba rastreando el origen de aquellos papeles que aparecían en buzones y cabinas telefónicas.


La mañana del 18 de febrero de 1943, Sophie y Hans decidieron llevar el último cargamento de su sexto panfleto a la universidad. Querían que los estudiantes los encontraran al salir de las aulas. Con una audacia increíble, Sophie subió a la barandilla del atrio superior y empujó el último montón de hojas hacia el vacío.


Fue un momento de belleza pura: cientos de hojas blancas flotando en el aire del edificio central. Pero la realidad golpeó de inmediato. El conserje del edificio, un nazi devoto, cerró las puertas y los retuvo hasta que llegó la Gestapo.


Durante los interrogatorios, Sophie mantuvo una calma que desconcertó a Robert Mohr, el experimentado interrogador de la Gestapo. Al principio, ella casi logra convencerlo de su inocencia, pero cuando las pruebas se volvieron irrefutables en su contra, Sophie no suplicó clemencia. En lugar de eso, asumió toda la responsabilidad para intentar salvar a sus amigos.


El juicio fue una farsa dirigida por el temido juez Roland Freisler, quien gritaba e insultaba a los acusados. Sophie, a pesar de tener las piernas rotas por los interrogatorios, se mantuvo erguida. Miró al juez a los ojos y dijo: "Lo que nosotros escribimos y dijimos es también la opinión de muchos otros. Solo que ellos no se atreven a expresarlo".


El 22 de febrero de 1943, solo cuatro días después de su captura, Sophie, Hans y su amigo Christoph Probst fueron condenados a muerte por "alta traición". En Alemania, la ejecución solía tardar meses, pero en su caso, la orden fue inmediata. Solo tuvieron unos minutos para despedirse de sus padres.


A las 5:00 p.m. de ese mismo día, Sophie Scholl caminó hacia la guillotina. Su verdugo, Johann Reichhart, quien ejecutó a más de 3,000 personas en su carrera, confesó años después que nunca había visto a nadie morir con tanta valentía. Sus últimas palabras fueron: "¿Qué importa mi muerte, si a través de nosotros miles de personas se despiertan y se mueven a la acción?".


Los aliados obtuvieron una copia del último panfleto de la Rosa Blanca, lo multiplicaron por millones y lo lanzaron desde aviones sobre toda Alemania. El mensaje de Sophie voló más alto y más lejos de lo que ella jamás imaginó.


 

GOLDA MEIR

Lo Que Hizo Fue Tremendo Firmó el documento que dio origen a una nación. Luego guardó un secreto que podría haber destruido su carrera durante años.


En mayo de 1948, Golda Meir se vistió con ropas árabes y cruzó hacia territorio enemigo para una reunión clandestina con el rey Abdalá I. Israel aún no existía. La guerra estaba a días de estallar. Pero ella creía que la diplomacia, incluso la más improbable, valía el riesgo de su vida.


Había recorrido una distancia imposible para llegar hasta ese momento.


Nacida en 1898 en Kiev, entonces parte del Imperio ruso, Golda Mabovitch creció en una pobreza asfixiante, en medio del brutal antisemitismo de la Rusia zarista. Su familia huyó a Milwaukee, Wisconsin, donde estudió y desarrolló la feroz conciencia política que definiría todo lo que vino después. Siendo joven, tomó una decisión que parecía impráctica: se trasladó al Mandato británico de Palestina para ayudar a construir un hogar nacional judío.


Pasó las décadas siguientes haciendo exactamente eso, no solo con discursos, sino con el trabajo poco glamuroso con el que realmente se construyen los países: recaudar dinero, tejer alianzas y decir verdades incómodas en salas que no querían escucharlas.


En 1948, con la independencia de Israel inminente y el nuevo Estado prácticamente sin recursos, Meir viajó a Estados Unidos en una misión urgente de recaudación. En pocas semanas reunió alrededor de 50 millones de dólares, una suma tan decisiva que David Ben-Gurión dijo después que ese dinero hizo posible la creación del Estado.


Regresó para firmar la Declaración de Independencia de Israel el 14 de mayo de 1948. Fue una de las dos mujeres entre los 25 firmantes presentes ese día.


Las décadas siguientes dieron forma a una de las carreras políticas más trascendentes del siglo XX. Fue embajadora de Israel en la Unión Soviética, ministra de Trabajo y ministra de Asuntos Exteriores, acumulando una experiencia que hizo de ella, en 1969, una dirigente excepcionalmente preparada cuando se convirtió en primera ministra.


Para entonces también libraba en privado una batalla contra un linfoma.


Diagnosticada en 1965, se lo dijo a muy pocas personas. Gobernó Israel, entre crisis diplomáticas y la presión constante de dirigir un país pequeño y amenazado, mientras combatía el cáncer en secreto, porque había decidido que las necesidades del país estaban por encima de su propio sufrimiento.


La guerra que había intentado evitar durante años llegó de todos modos.


El 6 de octubre de 1973, en Yom Kippur, el día más sagrado del calendario judío, Egipto y Siria lanzaron un ataque sorpresa coordinado. El fallo de inteligencia fue catastrófico. La situación militar en las primeras horas fue desesperada. Meir tomó decisiones que después muchos consideraron decisivas para evitar un desastre mayor, entre ellas autorizar la movilización inmediata y mantener la calma en medio del caos inicial.


Israel sobrevivió. Pero las consecuencias políticas fueron devastadoras. Una investigación examinó los errores de inteligencia. La indignación pública exigía responsabilidades. En abril de 1974, Golda Meir dimitió, no porque se la declarara personalmente culpable, sino porque entendió que, a veces, la democracia exige que sus líderes asuman el peso del fracaso institucional, incluso cuando la responsabilidad individual no recae solo en ellos.


Murió en diciembre de 1978, a los 80 años. La enfermedad que había llevado en secreto durante más de una década terminó arrebatándole lo que la guerra y la política no habían podido quitarle.


Mucho antes de que esa etiqueta se popularizara para otras dirigentes, ya era vista como una mujer de hierro en la política israelí. Había gobernado una nación en guerra, en medio de un sufrimiento físico oculto, con una claridad de propósito que dejó atónitos a muchos de quienes la trataron.


En una ocasión, al hablar sobre la idea de ser considerada una gran mujer, dejó claro que su aspiración era ser una gran líder; el adjetivo, para ella, era secundario.


Tenía razón. Y era ambas cosas.


Esto es lo que Golda Meir fue en realidad:

Una refugiada que se convirtió en fundadora. Una recaudadora de fondos que llegó a ser primera ministra. Una mujer que puso su firma en el certificado de nacimiento de una nación y que después pasó décadas demostrando que esa firma significaba que pertenecía a cada sala donde se decidía su futuro.


No pidió permiso para liderar.


Simplemente lideró: a través de la pobreza, de la guerra, de la enfermedad y de cada prejuicio que decía que no debía estar allí, hasta que la historia no tuvo más remedio que escribir su nombre con tinta permanente.


Fuente: Jewish Women’s Archive ("Meir, Golda") #dylanredwine #Reflexión #discovery #fblifestyle #truecrime

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