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MUJERES MACHISTAS









 

EL CURRICULUM DE LA VICTIMA

 









NAWAL EL SADAAWI


A los seis años, las mujeres de su propia familia la arrastraron al suelo y la mutilaron. A los diez, usó el ingenio para tumbar el matrimonio arreglado que le habían impuesto sus padres y ganar algo de tiempo. A los cuarenta y nueve, terminó encerrada en una celda mugrienta. Y desde ahí, usando un lápiz de cejas contrabandeado y rollos de papel higiénico, terminó de pulir el manifiesto de un movimiento feminista que le prendió fuego al mundo árabe.


Se llamaba Nawal El Saadawi.


Nació en 1931 en Kafr Tahla, un pueblito egipcio, en una casa donde ya había demasiadas bocas que alimentar. Era la segunda de nueve hermanos. En ese entorno, las niñas eran vistas casi como una maldición económica. Su propia abuela solía soltar una frase que a Nawal se le quedó grabada a fuego en la memoria: "Un niño vale por lo menos quince niñas. Las mujeres son una desgracia". Nawal la escuchó, apretó los dientes y decidió que no iba a pasar por el aro.


El dolor de la mutilación genital que sufrió de niña fue insoportable y la marcó para siempre, pero no la rompió. Al contrario, le encendió una rabia que terminó convirtiendo en combustible. Cuando cumplió los diez años y le presentaron al hombre con el que pretendían casarla, la cría armó tal escándalo y sabotaje que el trato se cayó. Salvada del matrimonio infantil por su propia terquedad, se dedicó a lo único que podía darle libertad: los libros. Su padre, que afortunadamente era un tipo bastante más leído y progresista que la media, la apoyó. En 1955, Nawal se graduó como médica en la Universidad de El Cairo.


Al regresar al Egipto rural para ejercer la medicina, se topó de frente con las secuelas más brutales del patriarcado: adolescentes desangradas por la mutilación, muertes estúpidas en el parto y mujeres molidas a palos por maridos de los que no podían divorciarse. Aguantar el silencio era imposible. En 1972 publicó Mujer y sexo, un libro que atacaba directo a la línea de flotación de la sociedad egipcia al hablar abiertamente de la sexualidad femenina y la ablación. La respuesta del gobierno fue fulminante: la despidieron de su cargo en Salud Pública, le cerraron la revista que dirigía y prohibieron sus textos.


Pensaron que con eso la callaban. Qué poco la conocían.


Nawal siguió escribiendo a escondidas. En 1975 parió Mujer en punto cero, una novela durísima inspirada en una presa condenada a muerte que conoció mientras trabajaba como psiquiatra en la cárcel. El libro se convirtió casi de inmediato en la biblia del feminismo de la región.


Para 1981, la escritora ya era una piedra en el zapato demasiado grande para el régimen del presidente Anuar el Sadat. Aunque el tipo presumía en Occidente de liderar una democracia abierta, ordenó una redada masiva contra los disidentes. Nawal terminó en la prisión de mujeres de Qanatir. Le quitaron las hojas, los cuadernos y las plumas. Daba igual. Otra presa logró colarle un lápiz de cejas y ella se dedicó a escribir en papel de baño las historias de horror y resistencia de sus compañeras de pabellón. Esas notas, sacadas de contrabando entre la ropa sucia, se convirtieron después en su famoso libro Memorias de la prisión de mujeres.


Salió de la cárcel unos meses después, tras el asesinato de Sadat, y lo primero que hizo fue fundar la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes. En los años noventa, los extremistas islámicos la metieron en una lista negra con orden de ejecución. El gobierno le ofreció escoltas, pero ella los mandó a pasear; no quería guardaespaldas del mismo Estado que la había encarcelado. Se exilió en Estados Unidos y se dedicó a dar clases en Harvard, Yale y Berkeley, escribiendo más de cincuenta libros traducidos a veinte idiomas.


Regresó a su país en 1996 con la misma actitud desafiante. De hecho, en 2005, con 74 años y las rodillas cansadas, anunció su candidatura a la presidencia de Egipto para plantarle cara al dictador Hosni Mubarak. Sabía perfectamente que las urnas estaban arregladas y que no iba a ganar, pero quería que todo el mundo viera a una mujer aspirando al puesto más alto del país.


A lo largo de su vida intentaron de todo para destruirla: censura, cárcel, exilio, amenazas de muerte de los fanáticos y juicios religiosos para divorciarla a la fuerza de su esposo. Sobrevivió a todos sus enemigos.


Nawal El Saadawi murió el 21 de marzo de 2021 en El Cairo, a los 89 años. En Occidente la llamaban flojamente "la Simone de Beauvoir del mundo árabe", pero su legado va mucho más allá de una comparación eurocentrista. Activistas actuales como Mona Eltahawy recuerdan que Nawal demostró que el feminismo en Oriente Medio no es una moda importada de fuera, sino una planta que crece con la sangre y el coraje de las mujeres locales. Pasó casi nueve décadas negándose a pedir permiso para hablar, peleando por las niñas mutiladas y las esposas vendidas. Eligió su propio destino el día que decidió que su vida no iba a ser la desgracia que su abuela le había prometido.


 

MUJERES LIBRES

 


𝐋𝐞𝐬 𝐠𝐮𝐬𝐭𝐚𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫𝐞𝐬 “𝐥𝐢𝐛𝐫𝐞𝐬”…

𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐥𝐢𝐛𝐞𝐫𝐭𝐚𝐝 𝐢𝐧𝐜𝐨𝐦𝐨𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐞𝐠𝐨.


Muchos dicen admirar mujeres:

• independientes,

• inteligentes,

• con carácter,

• que trabajan, estudian, viajan y tienen metas.


Pero cuando esa mujer pone límites,

sale sola,

decide sobre su vida,

no pide permiso o deja de tolerar control…


entonces ya no les parece “atractiva”.

Les parece “difícil”, “fría”, “mandona” o “demasiado”.


Porque no siempre quieren una mujer libre.

A veces quieren una mujer que parezca libre…

mientras siga siendo cómoda para ellos.


𝐄𝐥 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐫i𝐚 𝐩𝐞𝐝𝐢𝐫𝐭𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞 𝐡𝐚𝐠𝐚𝐬 𝐦a𝐬 𝐩𝐞𝐪𝐮𝐞𝐧̃𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐧𝐨 𝐢𝐧𝐜𝐨𝐦𝐨𝐝𝐚𝐫.


Una mujer libre no necesita ser controlada para amar.

Y quien realmente la respeta, no le teme a su autonomía.




ANTICONCEPTIVOS







 

UN SISTEMA PATRIARCAL ESTÁ DISEÑADO PARA PROTEGER HOMBRES ABUSIVOS


 

ACADEMIAS DE VIOL@CION













 

LO QUE LE DUELE A UN MACHISTA


 

HATSHEPSUT

En el año 1490 antes de Cristo, una mujer hizo algo que ninguna mujer había hecho antes en tres mil años de historia egipcia.


Se puso la barba.


No metafóricamente. Literalmente se colocó la barba ceremonial dorada que era el símbolo exclusivo del faraón, se ciñó la doble corona del Alto y Bajo Egipto, y se sentó en el trono con la misma autoridad con que lo había hecho cada hombre antes que ella.


Su nombre era Hatshepsut.


Y lo que construyó durante los veintidós años siguientes fue tan grande que alguien decidió, décadas después de su muerte, que era necesario destruirlo.


Hatshepsut no llegó al poder por usurpación ni por golpe de Estado.


Llegó por una cadena de muertes y ausencias que la dejaron sola frente a un trono que nadie más podía ocupar. Su padre, Tutmosis I, fue uno de los faraones más grandes de la historia egipcia. Su marido, Tutmosis II, fue un rey débil que murió joven. El heredero legítimo era Tutmosis III — hijo de Tutmosis II con una concubina, no con Hatshepsut — que tenía menos de diez años cuando su padre murió.


Alguien tenía que gobernar mientras el niño crecía.


Hatshepsut asumió la regencia. Y durante los primeros años cumplió exactamente ese papel — la mujer que gobernaba en nombre del niño, que manejaba la administración, que tomaba las decisiones que un niño no podía tomar.


Pero en algún momento del año 7 de ese reinado compartido, Hatshepsut tomó una decisión que no tenía precedente claro en la historia de Egipto.


Dejó de gobernar en nombre de Tutmosis.


Se coronó faraón en su propio nombre.


Lo que siguió no fue el caos que cualquier contemporáneo podría haber esperado.


Fue estabilidad.


Hatshepsut gobernó Egipto durante más de veintidós años con una eficiencia administrativa y comercial que sus sucesores tardaron generaciones en igualar. Organizó expediciones comerciales legendarias — la más documentada fue a la tierra de Punt, en el actual litoral de Somalia o Eritrea, de donde sus barcos regresaron cargados de mirra, ébano, marfil, animales exóticos y oro. Las escenas de esa expedición están grabadas con detalle extraordinario en las paredes de su templo funerario en Deir el-Bahari, incluyendo el retrato de la reina de Punt — representada con una figura inusualmente grande que los arqueólogos han interpretado como una condición médica, lo que convierte ese relieve en uno de los primeros diagnósticos médicos documentados de la historia.


Construyó. No solo el templo de Deir el-Bahari, uno de los edificios más elegantes de toda la arquitectura egipcia, tallado directamente en la roca de la montaña en tres terrazas escalonadas. También dos obeliscos en Karnak — los más altos que se habían erigido en Egipto hasta ese momento — cubiertos de electrum, la aleación de oro y plata, para que reflejaran la luz del sol desde cualquier punto de la ciudad.


Y mantuvo la paz. Mientras otros faraones definían su reinado por las campañas militares que grababan en los muros, Hatshepsut definió el suyo por el comercio, la construcción y la prosperidad interior.


Tutmosis III — el hijastro que técnicamente compartía el trono — estaba durante todo ese tiempo al frente del ejército. Aprendiendo a ser general mientras Hatshepsut aprendía a ser faraón. No hay evidencia de conflicto abierto entre los dos durante su reinado conjunto. Los registros los muestran coexistiendo, gobernando en paralelo, con una división de funciones que funcionó durante dos décadas.


Hatshepsut murió alrededor del año 1458 antes de Cristo.


Tutmosis III subió al trono en solitario.


Y durante los siguientes veinte años no pasó nada extraordinario con la memoria de Hatshepsut.


Eso es lo que los historiadores tardaron en procesar cuando comenzaron a estudiar el caso con atención. Durante generaciones se asumió que Tutmosis III había destruido el legado de Hatshepsut inmediatamente después de su muerte, movido por décadas de rencor acumulado. Era la narrativa lógica: el hijastro relegado que finalmente toma su venganza.


Pero las fechas no cuadraban.


Cuando los arqueólogos analizaron las capas de destrucción en los monumentos de Hatshepsut — la estratigrafía de los daños, la datación de los cartuchos destruidos, las inscripciones que habían sido rascadas y las que no — encontraron que la destrucción sistemática no comenzó al inicio del reinado de Tutmosis III.


Comenzó aproximadamente veinte años después de la muerte de Hatshepsut.


Cuando los que la habían conocido, los que la habían servido, los que la recordaban viva ya habían muerto también.


Nuevas investigaciones publicadas en 2025 han profundizado en esa cronología y han propuesto una interpretación que cambia toda la narrativa del caso.


No fue venganza.


Fue teología.


En la cosmología egipcia, el ka — el doble espiritual del faraón, su fuerza vital que continuaba existiendo después de la muerte — necesitaba ser alimentado con ofrendas, con rituales, con la pronunciación de su nombre. Mientras el nombre de Hatshepsut apareciera en los muros, mientras sus cartuchos reales estuvieran visibles, su ka seguía siendo una presencia activa en el mundo espiritual.


Y un ka de faraón activo no era un asunto menor. Era una entidad de poder que continuaba interactuando con los dioses, que ocupaba espacio en el orden cósmico, que potencialmente podía interferir con la posición del faraón reinante en la jerarquía divina.


Borrar su nombre no era venganza.


Era una medida de higiene espiritual. Una manera de liberar el orden divino de una presencia que, por su tamaño, por lo que había construido, por el espacio que ocupaba en la memoria colectiva, era demasiado grande para coexistir sin competir.


Le rascaron la cara a sus estatuas. Arrancaron su nombre de los cartuchos. Enterraron sus obeliscos — literalmente construyeron muros de piedra alrededor de ellos para ocultarlos, no los destruyeron, porque destruir lo que había sido consagrado a los dioses traía sus propias consecuencias.


No la odiaban.


Le tenían miedo.


En 1822, Jean-François Champollion descifró los jeroglíficos egipcios usando la Piedra de Rosetta.


En los años siguientes, los arqueólogos comenzaron a leer los registros que habían estado cerrados durante dos mil años. Y en las listas de faraones — los registros oficiales que los egipcios mantenían con cada gobernante desde los primeros tiempos — encontraron saltos. Períodos donde la cronología no cuadraba. Reinados que no encajaban.


Uno de esos saltos correspondía exactamente al período donde Hatshepsut debería haber estado.


En 1903, el arqueólogo Howard Carter — el mismo que veinte años después abriría la tumba de Tutankamón — excavó en el Valle de los Reyes una tumba que los registros identificaban como la tumba KV20. Encontró dos sarcófagos. Uno estaba preparado para Hatshepsut. El otro contenía los restos de Tutmosis I, su padre.


La tumba había sido preparada para contenerlos a los dos.


Pero de Hatshepsut no quedaba nada reconocible.


En 2007, la doctora Zahi Hawass, entonces secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, anunció algo que llevaba años buscando.


Habían encontrado a Hatshepsut.


No en su tumba. En otra. En la KV60, una tumba menor del Valle de los Reyes que había sido descubierta décadas antes pero ignorada porque no contenía las inscripciones típicas de la realeza. Dentro había dos momias de mujeres. Una fue identificada como la nodriza real de Hatshepsut, Sitre-In. La otra llevaba décadas sin identificar.


El equipo de Hawass tomó muestras de ADN. Las compararon con muestras de otros miembros de la familia real del período. Y encontraron algo más inmediato: dentro de la tumba KV60 había una caja con órganos internos momificados. Dentro de esa caja había un diente.


Compararon el diente con la mandíbula de la momia sin identificar.


Encajaba perfectamente.


La momia sin nombre de la tumba KV60 era Hatshepsut.


La faraona más poderosa de Egipto había pasado décadas tirada en una tumba secundaria, sin nombre, sin inscripciones, sin los rituales que se suponía que debían mantener su ka vivo para siempre.


Exactamente lo que sus sucesores habían querido.


El templo de Deir el-Bahari sigue en pie en la orilla occidental del Nilo, frente a Luxor.


Tiene tres mil cuatrocientos años.


En sus paredes están los relieves de la expedición a Punt, los textos del nacimiento divino de Hatshepsut, las escenas de sus campañas y sus construcciones. Están ahí porque cuando los sucesores rascaron su nombre de los cartuchos, no demolieron el templo. Solo silenciaron el nombre.


El edificio sobrevivió.


La historia que cuenta sobrevivió.


El nombre que intentaron borrar está hoy en todos los museos del mundo, en todos los libros de historia del Egipto antiguo, en el Metropolitan Museum de Nueva York donde sus estatuas reconstruidas ocupan una sala entera.


No la borraron porque era mujer.


La borraron porque era demasiado grande para caber en la historia junto a quien vino después.


Y lo que eso significa es sencillo y perturbador al mismo tiempo:


El tamaño de lo que intentaron borrar es exactamente proporcional al tamaño de lo que construyó.


Y lo que construyó sobrevivió tres mil cuatrocientos años.


El nombre de quien ordenó borrarla solo se recuerda porque estuvo ligado al suyo.


Fuentes documentadas:

Roehrig, Catharine — Hatshepsut: From Queen to Pharaoh, Metropolitan Museum of Art, 2005

Hawass, Zahi — "Identifying Hatshepsut's Mummy", Journal of Egyptian Archaeology, 2007

Tyldesley, Joyce — Hatchepsut: The Female Pharaoh, Viking, 1996

Excavaciones de Deir el-Bahari, Museo Metropolitano de Nueva York, 1922–1936

Laboury, Dimitri — "Why and When Did Thutmose III Decide to Erase Hatshepsut?", 2025



ELIZABETH PACKARD

Una mañana de 1860, Elizabeth Packard besó a sus seis hijos al salir de casa, esperando volver a verlos a la hora de la cena.

Nunca regresó.


Su marido, Theophilus, un ministro respetado en la comunidad, tenía un problema: su esposa pensaba por sí misma. Cuestionaba públicamente su teología en los estudios bíblicos, sin disculparse. Estaba en desacuerdo con él y lo decía con claridad.

Entonces firmó un documento.

Bajo la ley de Illinois de la época, la palabra del marido bastaba para poner en marcha el internamiento de su esposa en un asilo psiquiátrico. Sin una verdadera protección legal, sin un proceso justo y con casi ninguna defensa para ella.

Aquella misma tarde, Elizabeth, de 43 años, madre de seis hijos, sin haber cometido más falta que tener opiniones propias, fue encerrada en el asilo psiquiátrico de Jacksonville.

Lo que descubrió allí cambió su vida y la de muchas otras mujeres.


El asilo estaba lleno de mujeres. Y muchas de ellas no estaban allí por una enfermedad mental real.

Eran simplemente incómodas. Independientes. Inconformes.

Algunas habían sido internadas por manejar su propio dinero, por hablar demasiado, por cuestionar las decisiones de sus maridos o por practicar su fe de una manera que ellos no aprobaban. La institución no era solo un hospital, sino también una jaula, y la ley había dejado la llave en manos de otros.


Elizabeth hizo lo que hacen las personas brillantes y decididas cuando les quitan todo: empezó a tomar notas.

Durante tres años, en trozos de papel, en cuadernos ocultos entre las costuras de su ropa y bajo las tablas del suelo, documentó todo. La historia de cada mujer, cada práctica, cada injusticia que observaba.

No se quebró. Se preparó.


Y luego llegó el momento que su marido no había previsto.

Un juicio público —una audiencia sobre su “salud mental”— a la que Theophilus accedió, convencido de que ningún jurado creería a una mujer frente a un ministro respetado y tres años de internamiento.

Se equivocó por completo.


La sala estaba llena cuando Elizabeth se puso en pie para hablar. No estaba furiosa ni suplicando. Estaba serena, precisa y preparada.

Explicó sencillamente su “locura”: creía en el libre albedrío. Su marido creía en la predestinación. Ella lo había dicho en un estudio bíblico y lo repitió cuando la desafiaron. Eso era todo. Ese era todo el caso en su contra.

Luego leyó tres años de notas secretas. Habló durante horas, caso tras caso, sobre mujeres internadas por razones completamente ordinarias. Habló con la serenidad de alguien que había convertido cada día de encierro en preparación.


“No pido piedad”, dijo. “Solo justicia”.


El jurado deliberó durante siete minutos.

Siete minutos para borrar tres años.

El veredicto: completamente cuerda. Indiscutiblemente cuerda. El tribunal dijo en voz alta lo que la ley se había negado a reconocer: que discrepar de su marido no era un síntoma, sino un derecho.

Salió libre.


Pero no había terminado. Ni mucho menos.

Al volver a su casa, descubrió que Theophilus había tomado a sus hijos y sus pertenencias. Intentó volver a hacerla encerrar, afirmando que era peligrosa.


Entonces publicó sus cuadernos.

A partir de 1864 empezó a publicar el relato de su experiencia en el asilo. Recorrió Estados Unidos, habló ante legislaturas, declaró ante jueces, escribió a los periódicos y se presentó ante cualquiera que quisiera escucharla. Ya no luchaba solo por sí misma: luchaba por desmontar la maquinaria legal que se había usado contra ella y que podía usarse contra cualquier mujer, en cualquier momento.

Y funcionó.

Illinois aprobó una reforma en 1867. Otros estados siguieron el mismo camino. Las nuevas leyes empezaron a exigir evaluación médica, representación legal, derecho a juicio con jurado y pruebas reales, y no solo la palabra de un marido.


En una época en la que las mujeres no podían votar ni controlar plenamente su vida legal, Elizabeth Packard cambió lo que la ley consideraba posible.

El precio fue real. Perdió años con sus hijos. Vivió en la pobreza. Algunos de sus hijos nunca regresaron del todo a su lado. Lo aceptó. Y aun así siguió escribiendo.

Murió en 1897, a los 80 años, después de dedicar décadas a impedir que lo que le había ocurrido pudiera repetirse con la misma facilidad contra otra mujer.


Su marido firmó un solo papel para silenciarla.

Ella pasó el resto de su vida respondiendo a ese papel con miles de páginas.

Y las mujeres que vinieron después —las que ni siquiera conocían su nombre— tuvieron protecciones legales que Elizabeth Packard ayudó a construir a partir de cuadernos escondidos, testimonios en los tribunales y décadas de trabajo silencioso, implacable y sin gloria.


Su nombre era Elizabeth Packard. 1816–1897.

La encerraron por enfrentarse a la autoridad de su marido.

Y ayudó a cambiar la ley para que a ninguna otra mujer le resultara tan fácil ser encerrada por hacer lo mismo.


Si crees que merece ser recordada, comparte esto. Porque la mejor manera de honrar a alguien que se negó a callar es mantener viva su voz.

VIOLENCIA PSICOLOGICA Y MACHISMO







 

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