HATSHEPSUT
En el año 1490 antes de Cristo, una mujer hizo algo que ninguna mujer había hecho antes en tres mil años de historia egipcia.
Se puso la barba.
No metafóricamente. Literalmente se colocó la barba ceremonial dorada que era el símbolo exclusivo del faraón, se ciñó la doble corona del Alto y Bajo Egipto, y se sentó en el trono con la misma autoridad con que lo había hecho cada hombre antes que ella.
Su nombre era Hatshepsut.
Y lo que construyó durante los veintidós años siguientes fue tan grande que alguien decidió, décadas después de su muerte, que era necesario destruirlo.
Hatshepsut no llegó al poder por usurpación ni por golpe de Estado.
Llegó por una cadena de muertes y ausencias que la dejaron sola frente a un trono que nadie más podía ocupar. Su padre, Tutmosis I, fue uno de los faraones más grandes de la historia egipcia. Su marido, Tutmosis II, fue un rey débil que murió joven. El heredero legítimo era Tutmosis III — hijo de Tutmosis II con una concubina, no con Hatshepsut — que tenía menos de diez años cuando su padre murió.
Alguien tenía que gobernar mientras el niño crecía.
Hatshepsut asumió la regencia. Y durante los primeros años cumplió exactamente ese papel — la mujer que gobernaba en nombre del niño, que manejaba la administración, que tomaba las decisiones que un niño no podía tomar.
Pero en algún momento del año 7 de ese reinado compartido, Hatshepsut tomó una decisión que no tenía precedente claro en la historia de Egipto.
Dejó de gobernar en nombre de Tutmosis.
Se coronó faraón en su propio nombre.
Lo que siguió no fue el caos que cualquier contemporáneo podría haber esperado.
Fue estabilidad.
Hatshepsut gobernó Egipto durante más de veintidós años con una eficiencia administrativa y comercial que sus sucesores tardaron generaciones en igualar. Organizó expediciones comerciales legendarias — la más documentada fue a la tierra de Punt, en el actual litoral de Somalia o Eritrea, de donde sus barcos regresaron cargados de mirra, ébano, marfil, animales exóticos y oro. Las escenas de esa expedición están grabadas con detalle extraordinario en las paredes de su templo funerario en Deir el-Bahari, incluyendo el retrato de la reina de Punt — representada con una figura inusualmente grande que los arqueólogos han interpretado como una condición médica, lo que convierte ese relieve en uno de los primeros diagnósticos médicos documentados de la historia.
Construyó. No solo el templo de Deir el-Bahari, uno de los edificios más elegantes de toda la arquitectura egipcia, tallado directamente en la roca de la montaña en tres terrazas escalonadas. También dos obeliscos en Karnak — los más altos que se habían erigido en Egipto hasta ese momento — cubiertos de electrum, la aleación de oro y plata, para que reflejaran la luz del sol desde cualquier punto de la ciudad.
Y mantuvo la paz. Mientras otros faraones definían su reinado por las campañas militares que grababan en los muros, Hatshepsut definió el suyo por el comercio, la construcción y la prosperidad interior.
Tutmosis III — el hijastro que técnicamente compartía el trono — estaba durante todo ese tiempo al frente del ejército. Aprendiendo a ser general mientras Hatshepsut aprendía a ser faraón. No hay evidencia de conflicto abierto entre los dos durante su reinado conjunto. Los registros los muestran coexistiendo, gobernando en paralelo, con una división de funciones que funcionó durante dos décadas.
Hatshepsut murió alrededor del año 1458 antes de Cristo.
Tutmosis III subió al trono en solitario.
Y durante los siguientes veinte años no pasó nada extraordinario con la memoria de Hatshepsut.
Eso es lo que los historiadores tardaron en procesar cuando comenzaron a estudiar el caso con atención. Durante generaciones se asumió que Tutmosis III había destruido el legado de Hatshepsut inmediatamente después de su muerte, movido por décadas de rencor acumulado. Era la narrativa lógica: el hijastro relegado que finalmente toma su venganza.
Pero las fechas no cuadraban.
Cuando los arqueólogos analizaron las capas de destrucción en los monumentos de Hatshepsut — la estratigrafía de los daños, la datación de los cartuchos destruidos, las inscripciones que habían sido rascadas y las que no — encontraron que la destrucción sistemática no comenzó al inicio del reinado de Tutmosis III.
Comenzó aproximadamente veinte años después de la muerte de Hatshepsut.
Cuando los que la habían conocido, los que la habían servido, los que la recordaban viva ya habían muerto también.
Nuevas investigaciones publicadas en 2025 han profundizado en esa cronología y han propuesto una interpretación que cambia toda la narrativa del caso.
No fue venganza.
Fue teología.
En la cosmología egipcia, el ka — el doble espiritual del faraón, su fuerza vital que continuaba existiendo después de la muerte — necesitaba ser alimentado con ofrendas, con rituales, con la pronunciación de su nombre. Mientras el nombre de Hatshepsut apareciera en los muros, mientras sus cartuchos reales estuvieran visibles, su ka seguía siendo una presencia activa en el mundo espiritual.
Y un ka de faraón activo no era un asunto menor. Era una entidad de poder que continuaba interactuando con los dioses, que ocupaba espacio en el orden cósmico, que potencialmente podía interferir con la posición del faraón reinante en la jerarquía divina.
Borrar su nombre no era venganza.
Era una medida de higiene espiritual. Una manera de liberar el orden divino de una presencia que, por su tamaño, por lo que había construido, por el espacio que ocupaba en la memoria colectiva, era demasiado grande para coexistir sin competir.
Le rascaron la cara a sus estatuas. Arrancaron su nombre de los cartuchos. Enterraron sus obeliscos — literalmente construyeron muros de piedra alrededor de ellos para ocultarlos, no los destruyeron, porque destruir lo que había sido consagrado a los dioses traía sus propias consecuencias.
No la odiaban.
Le tenían miedo.
En 1822, Jean-François Champollion descifró los jeroglíficos egipcios usando la Piedra de Rosetta.
En los años siguientes, los arqueólogos comenzaron a leer los registros que habían estado cerrados durante dos mil años. Y en las listas de faraones — los registros oficiales que los egipcios mantenían con cada gobernante desde los primeros tiempos — encontraron saltos. Períodos donde la cronología no cuadraba. Reinados que no encajaban.
Uno de esos saltos correspondía exactamente al período donde Hatshepsut debería haber estado.
En 1903, el arqueólogo Howard Carter — el mismo que veinte años después abriría la tumba de Tutankamón — excavó en el Valle de los Reyes una tumba que los registros identificaban como la tumba KV20. Encontró dos sarcófagos. Uno estaba preparado para Hatshepsut. El otro contenía los restos de Tutmosis I, su padre.
La tumba había sido preparada para contenerlos a los dos.
Pero de Hatshepsut no quedaba nada reconocible.
En 2007, la doctora Zahi Hawass, entonces secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, anunció algo que llevaba años buscando.
Habían encontrado a Hatshepsut.
No en su tumba. En otra. En la KV60, una tumba menor del Valle de los Reyes que había sido descubierta décadas antes pero ignorada porque no contenía las inscripciones típicas de la realeza. Dentro había dos momias de mujeres. Una fue identificada como la nodriza real de Hatshepsut, Sitre-In. La otra llevaba décadas sin identificar.
El equipo de Hawass tomó muestras de ADN. Las compararon con muestras de otros miembros de la familia real del período. Y encontraron algo más inmediato: dentro de la tumba KV60 había una caja con órganos internos momificados. Dentro de esa caja había un diente.
Compararon el diente con la mandíbula de la momia sin identificar.
Encajaba perfectamente.
La momia sin nombre de la tumba KV60 era Hatshepsut.
La faraona más poderosa de Egipto había pasado décadas tirada en una tumba secundaria, sin nombre, sin inscripciones, sin los rituales que se suponía que debían mantener su ka vivo para siempre.
Exactamente lo que sus sucesores habían querido.
El templo de Deir el-Bahari sigue en pie en la orilla occidental del Nilo, frente a Luxor.
Tiene tres mil cuatrocientos años.
En sus paredes están los relieves de la expedición a Punt, los textos del nacimiento divino de Hatshepsut, las escenas de sus campañas y sus construcciones. Están ahí porque cuando los sucesores rascaron su nombre de los cartuchos, no demolieron el templo. Solo silenciaron el nombre.
El edificio sobrevivió.
La historia que cuenta sobrevivió.
El nombre que intentaron borrar está hoy en todos los museos del mundo, en todos los libros de historia del Egipto antiguo, en el Metropolitan Museum de Nueva York donde sus estatuas reconstruidas ocupan una sala entera.
No la borraron porque era mujer.
La borraron porque era demasiado grande para caber en la historia junto a quien vino después.
Y lo que eso significa es sencillo y perturbador al mismo tiempo:
El tamaño de lo que intentaron borrar es exactamente proporcional al tamaño de lo que construyó.
Y lo que construyó sobrevivió tres mil cuatrocientos años.
El nombre de quien ordenó borrarla solo se recuerda porque estuvo ligado al suyo.
Fuentes documentadas:
Roehrig, Catharine — Hatshepsut: From Queen to Pharaoh, Metropolitan Museum of Art, 2005
Hawass, Zahi — "Identifying Hatshepsut's Mummy", Journal of Egyptian Archaeology, 2007
Tyldesley, Joyce — Hatchepsut: The Female Pharaoh, Viking, 1996
Excavaciones de Deir el-Bahari, Museo Metropolitano de Nueva York, 1922–1936
Laboury, Dimitri — "Why and When Did Thutmose III Decide to Erase Hatshepsut?", 2025
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