CAZZU Y LA VIOLENCIA VICARIA


Cuando Cazzu escribe “para el estándar del patriarcado, yo debería haber ardido hace un buen rato”, está nombrando algo que muchas mujeres vivimos: el sistema espera que nos destruyamos cuando dejamos de cumplir el rol asignado.

A Julieta se le ha cuestionado su maternidad, su cuerpo, su dignidad y hasta su silencio. Se ha romantizado el abandono emocional. Se ha normalizado la deslealtad. Se ha minimizado el impacto público que tiene sobre una mujer el hecho de que su pareja reescriba la historia en tiempo real y se ha tolerado la violencia vicaria de la que es víctima.

Mientras tanto, vemos el pacto patriarcal operar con precisión quirúrgica: entre hombres se protegen, se justifican y se limpian la imagen mutuamente. La narrativa se acomoda para que él sea “libre”, “auténtico”, “valiente”, o “enamoradizo”, mientras ellas cargan con el escrutinio público.

A Ángela se le señala, se le cancela, se le responsabiliza.

A Julieta se le exige elegancia, silencio y altura moral.

Pero él —que ha pasado más tiempo acompañando la infancia de su esposa que acompañando la infancia de su hija— sigue con su carrera intacta.


Aquí vemos algo clave: la selectividad del castigo.


La criminología ha explicado durante décadas que el sistema no sanciona de manera neutral, sino conforme a jerarquías de poder, es así que el hombre conserva capital simbólico y económico y por otra parte las mujeres cargan con la estigmatización.


Como señala Rita Laura Segato:


“La violencia contra las mujeres no es un acto aislado, es un mensaje disciplinador para todas.”


Lo que vemos no es solo una polémica de celebridades. Es un mensaje colectivo: así se trata a las mujeres que no encajan, así se les recuerda su lugar, así se les exige que ardan.

El patriarcado no siempre quema en hogueras; a veces quema con titulares, con comentarios, con narrativas diseñadas para que la mujer sea el conflicto y el hombre la víctima o el protagonista.

Y con todo, Julieta no ardió.

Sigue creando.

Sigue escribiendo.

Sigue nombrando lo que duele.


Y desde una lectura criminológica feminista, eso no es solo chisme, es resistencia frente a un sistema que convierte la vida privada de las mujeres en espectáculo punitivo.


Esta no es solo una opinión sobre celebridades, es una reflexión sobre cómo seguimos naturalizando y tolerando la violencia simbólica, cuando el cuerpo, la maternidad y la vida emocional de las mujeres se vuelven territorio público de sanción.



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