HANNA ARENDT


Febrero de 1963.Una filósofa alemana, judía y sin pasaporte, regresa al centro de la historia. Ella informa sobre el juicio del hombre que organizó el transporte de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio.


The New Yorker publicó una serie de artículos sobre un juicio en Jerusalén.


Lo que escribe provoca una tormenta enseguida.


Porque dice algo que nadie quería escuchar:


Ese hombre no era un monstruo.


Era, en sus propias palabras…


Terrible y aterradoramente normal.


Esta es la historia de cómo esa frase rompió amistades. También trajo amenazas de muerte y se convirtió en una de las ideas más importantes del siglo XX.


Hannah Arendt nació el 14 de octubre de 1906 en Hannover.


Hija única de una familia judía de clase media. 


Su padre, Paul Arendt, era ingeniero. Cuando Hannah tenía tres años, la familia volvió a Königsberg. 


Esta era la ciudad prusiana donde Paul había crecido. 


Regresaron porque Paul necesitaba tratamiento médico. Padecía sífilis avanzada.


Königsberg era la ciudad de Kant.


Este no es un dato menor, sirve para entender lo que Arendt haría sesenta años después con las ideas de ese mismo filósofo.


Su padre murió en 1913. 


Hannah tenía siete años.


Ese mismo año murió también su abuelo, que había sido una figura paterna durante la enfermedad de Paul. 


En 1914, al comenzar la guerra, el frente ruso estaba muy cerca. 


Su madre huyó con ella a Berlín. 


Regresaron cuando el frente se estabilizó.


La infancia de Arendt se vio afectada por la pérdida, el desplazamiento y la cercanía de la violencia histórica.


Su madre, Martha, la educó con una apertura intelectual inusual para la época porque a los catorce años, Arendt ya había leído la Crítica de la razón pura de Kant, a los diecisiete, la expulsaron del colegio por insubordinación.


Por si te lo preguntas, había organizado un boicot contra un profesor que consideraba injusto. 


Se fue sola a Berlín a estudiar teología cristiana, sin haber terminado la escuela secundaria.


En 1924, a los dieciocho años, llegó a la Universidad de Marburgo y ahí empezó algo que define toda su vida.

 

Martin Heidegger tenía treinta y cinco años cuando Arendt llegó a sus clases. 


Era el filósofo más brillante y más discutido de Alemania. 


Casado y padre de familia, ella tenía dieciocho.


Se enamoraron y mantuvieron la relación en secreto durante años.


Ese detalle es la primera contradicción de la vida de Arendt. 


La mujer que más tarde se centraría en la responsabilidad moral eligió, durante su formación, a un hombre que se unió al Partido Nazi en 1933, apoyó al régimen y nunca pidió disculpas. 


La amistad entre los dos  se prolongó, con interrupciones y tensiones, hasta la muerte de Arendt. 


Nunca llegaron a un acuerdo sobre ese pasado.


Completó su doctorado en Heidelberg bajo la dirección de Karl Jaspers, sobre el concepto de amor en San Agustín. 


Recibió el título en 1928 y en 1929 se casó con Günther Stern, filósofo.


En 1933, Hitler llegó al poder. 


Arendt fue detenida por la Gestapo porque recopila información sobre propaganda antisemita en la Biblioteca Estatal de Prusia. 


La interrogaron, pero convenció al interrogador de que lo que hacía era inofensivo y la liberaron.


Aún así  al día siguiente, cruzó la frontera hacia París con su madre.


No volvería a Alemania.


París, Praga, Ginebra —y otra vez París. 


Arendt pasó casi dos décadas como sin patria.


 El régimen nazi le quitó la nacionalidad alemana en 1937, así que no tenía pasaporte. Ella describió su situación como "la compleja existencia de papel de quienes no tienen estado".


En París trabajó para organizaciones judías que ayudaban a niños refugiados a emigrar a Palestina. 


Conoció a Heinrich Blücher.


Él era un comunista sin estudios formales y exmilitante de la [Liga Espartaquista de Rosa Luxemburg].


 Se casaron en enero de 1940.


Ese año, las autoridades francesas arrestaron a los alemanes. Los consideraron "enemigos extranjeros". 


Arendt pasó semanas en un campo de concentración en el sur de Francia antes de escapar y, en mayo de 1941, ella y Blücher llegaron a Nueva York. 


En 1951 obtuvo la ciudadanía estadounidense. 


Ese mismo año publicó Los orígenes del totalitarismo, el libro que la convirtió en una figura intelectual mayor. 


Ella decía que el nazismo y el estalinismo eran, más que opuestos, variantes del mismo sistema: el totalitarismo, controlaba los cuerpos y buscaba destruir la pluralidad humana desde adentro.


En ese libro, el mal nazi era radical, absoluto, casi metafísico en su horror.


Diez años después, cambiaba de idea. 


O, más bien: la profundiza hasta hacerla irreconocible.


Y asi llegamos al hombre en la cabina de vidrio, la dichosa polémica.


Abril de 1961. 


Jerusalén. 


Adolf Eichmann es juzgado por crímenes contra la humanidad.


Eichmann había sido teniente coronel de las SS, uno de los principales organizadores de la logística del Holocausto: los trenes, horarios, listas, registros. 


Cientos de miles de personas deportadas hacia los campos de exterminio pasaron por sus planillas.


 Fue capturado por el Mossad en Argentina en 1960, donde vivía bajo el nombre de Ricardo Klement.


The New Yorker envió a Arendt a cubrir el juicio.


Lo que encontró la sorprendió, inesperadamente...


El hombre que estaba en la cabina de vidrio blindado no era un demonio.


 No era fanático antisemita que ardía de odio.


Lo que estaba ahí era un burócrata común. 


Hablaba en clichés y citaba mal a Kant.


Y, se justificaba repitiendo que solo cumplía órdenes. 


Decía que seguía la ley y que hacía su trabajo.


Arendt lo describió como un hombre incapaz de pensar desde el punto de vista de otra persona, sino por ausencia más que por maldad,  por un vacío donde debería haber reflexión.


Lo llamó la banalidad del mal. 


La frase fue inmediatamente malinterpretada, y esa mal interpretación persiste hasta hoy.


Le dicen, en la mayoría de los casos que trivializa la maldad, habla de ella como si no fuera nada pero, más allá de eso la teoriza, agarró la imagen del concepto y encontró algo bastante raro y fascinante...


Banalidad del mal no significa que el mal sea poco importante o trivial. 


No dice que el Holocausto fuera un accidente burocrático.


Arendt propuso una idea inquietante: los actos más horribles de la historia no requieren monstruos.


El mecanismo que llevó a millones a la muerte fue, en gran parte, manejado por personas que habían dejado de juzgar.


La maquinaria del exterminio no funcionó a pesar de ser ordinaria, sino porque era ordinaria. 


Porque tenía formularios, plazos y cadenas de mando. 


Pusieron a los actos terribles como algo tan cotidiano que la persona comenzó a naturalizar.


Porque cada persona en la cadena podía decirse a sí misma que su parte era pequeña, técnica y administrativa.


El mal no necesita intención malévola para producir resultados catastróficos. 


Lo que necesita es que suficiente gente  deje de pensar.


Para Arendt, la thoughtlessness, o falta de reflexión sobre las consecuencias de los actos, 

no era "solo" algo de Eichmann. 


Era un riesgo en cualquier sistema burocrático grande y eficiente.


La pregunta que el libro plantea es incómoda: 


cuántos Eichmanns hay en cada estructura de poder a lo largo de la historia? 


Y, cuántos somos capaces de reconocerlos o de reconocernos?


Más allá de lo fascinante de la idea, trajo controversias, porque según las primeras fuentes consultadas, la mayoría leía las primeras diez páginas de un documento de cuentos de páginas para comenzar a criticarla...


Los artículos aparecieron en The New Yorker entre febrero y marzo de 1963. 


El libro se publicó ese mismo año.


La reacción fue inmediata y feroz.


Había dos fuentes de indignación.


Eichmann fue descrito como un burócrata común, no como un fanático. 


Para muchos sobrevivientes y la comunidad judía, esto minimizaba su responsabilidad y él ayudó a causar la muerte de millones.


 La segunda, y más impactante, fue el análisis de Arendt sobre los consejos judíos (Judenräte). 


Estos eran los organismos administrativos que los nazis impusieron en los territorios ocupados. 


Arendt decía que esos consejos, en medio de una gran presión y sin opciones reales, ayudaron a mantener el orden durante las deportaciones.


Esas páginas, apenas diez en un libro de más de trescientos, incendiaron el debate intelectual de la época.


Gershom Scholem, un destacado intelectual judío del siglo XX y fundador del estudio moderno de la Cábala, fue amigo de Arendt durante décadas, sin embargo, le escribió una carta acusándola de traición. 


Le exigió que escribiera como judía, que escribiera desde el amor al pueblo judío.


Arendt le respondió con la frase más citada de toda su correspondencia: 


no amaba a los pueblos ni a los colectivos.


 Solo amaba a sus amigos.


Pertenecía al pueblo judío, pero eso era distinto del amor.


 La amistad entre ambos no sobrevivió al intercambio. 


Entonces llegaron amenazas de muerte. 


Organizaciones boicotearon sus conferencias. 


Intelectuales que la habían admirado la atacaron en publicaciones.


 La Anti-Defamation League publicó un informe crítico. 


El historiador Michael Musmanno escribió que el libro contenía tantos errores factuales como cenizas hay en una chimenea.


Arendt no se retractó.


Revisó detalles en ediciones posteriores. 


Algunos colegas dicen que en privado mencionó que el tono de ciertas secciones pudo haber sido un error. 


Pero la tesis central no se movió.


El problema que sus críticos no querían ver


Décadas después, 


el debate tomó una vuelta adicional.


La historiadora alemana Bettina Stangneth publicó en 2011 "Eichmann antes de Jerusalén".


Este libro se basa en fuentes que Arendt no conoció. 


Incluye grabaciones de entrevistas que Eichmann dio en Argentina en los años cincuenta, antes de su captura. 


En ellas, Eichmann no hablaba como un burócrata neutro. 


Hablaba como alguien que entendía perfectamente lo que había hecho, 


que conocía la ideología nazi con profundidad y que no mostraba arrepentimiento.


Esto reforzaba a quienes decían que Arendt se había equivocado. 


Eichmann actuó como un burócrata común en el juicio, pero había algo más oscuro en su interior.


El debate filosófico que esto abre es legítimo. 


Pero hay que distinguirlo del argumento central de Arendt, la imagen permanece y me parece bastante interesante...


que no dependía completamente de la psicología individual de Eichmann. 


Su pregunta más profunda no era "¿qué pensaba Eichmann en su interior?" 


sino "¿qué condiciones hacen posible que millones de actos administrativos ordinarios produzcan un exterminio?".


 La pregunta sigue siendo relevante, sin importar cuánto antisemitismo personal tenía Eichmann.


El mal no necesita ser monolítico para ser sistémico.


Lo que Arendt vio que sus contemporáneos y no podían ver...


Hannah Arendt tuvo una ventaja y una desventaja frente al material que estaba analizando.


La desventaja es conocida:


 no tenía acceso a todas las fuentes.


Dependía del juicio, de los testimonios, de los documentos disponibles en 1961.


La ventaja es lo que hizo su análisis irreemplazable: 


había vivido la experiencia de ser expulsada de un sistema político. 


Sabía, desde el cuerpo, lo que significaba que el Estado decidiera que vos no existías.


 Había cruzado fronteras ilegalmente, vivido en un campo, pasado años sin pasaporte en un continente que te pedía papeles para todo.


Esa experiencia, le daba una comprensión del totalitarismo que los análisis puramente académicos no podían replicar. 


el sufrimiento personal no asegura la verdad filosófica, pero... 


permite hacer preguntas que otros ignoran. 


No solo


 "cómo llegó Hitler al poder?" 


sino


 "qué hace un sistema a las personas que participan en él, aunque sea en sus partes más pequeñas?".


La respuesta que elaboró a lo largo de toda su obra era que los sistemas totalitarios funcionan porque destruyen la capacidad de juzgar. 


No la capacidad de obedecer, que es fácil de obtener con suficiente presión. 


Sino la capacidad de preguntarse si lo que se obedece debería ser obedecido.


Pensar, para Arendt,  era la condición básica de la responsabilidad moral.


Hannah Arendt murió el 4 de diciembre de 1975 de un infarto, en su apartamento de Nueva York. 


Tenía sesenta y nueve años.


En la máquina de escribir quedó una hoja con el encabezado del último capítulo de La vida del espíritu, el libro en el que estaba trabajando. 


El capítulo iba a llamarse 


"El juzgar". 


Solo había escrito el título y dos epígrafes. 


Pasó sus últimos años tratando de explicar una idea que vio en el juicio de Eichmann: 


la ausencia de pensamiento no es neutral.


cuando las personas dejan de juzgar, no pasa nada. 


No pasa nada en apariencia, los formularios siguen circulando, trenes siguen saliendo a horario, archivos se completan correctamente.


Y en algún otro nivel, fuera del campo visual de cada operador individual, 


algo atroz está ocurriendo.


Lo que Arendt nunca completó fue la respuesta a su propia pregunta: 


se puede enseñar, cultivar e institucionalizar el juzgar? 


hay una manera de construir sistemas que hagan más difícil la suspensión del pensamiento que hizo posible el Holocausto?


Dejó la pregunta abierta porque es una pregunta abierta.


Las estructuras que describió Arendt no desaparecieron con el nazismo.


Son la base de cualquier gran burocracia:


>   Dividen la responsabilidad en pasos pequeños que parecen inofensivos


>  Reemplazan el juicio moral con procedimientos técnicos.


>  Ponen la eficiencia por encima de todo.


"solo cumplía órdenes" 


 Es una respuesta disponible para cualquier persona en cualquier cadena de mando en cualquier lugar.


Y,   Arendt no decía que debíamos 

desconfiar de las instituciones o de la autoridad en abstracto. 


Era más específica y más exigente: 


que la única defensa contra ese mecanismo es la voluntad y la capacidad individual de pensar.


 De preguntar qué se está produciendo realmente con los propios actos. 


De negarse a esconderse detrás del procedimiento.


Pensar, en el sentido en que Arendt lo usaba, no significa tener opiniones fuertes ni hablar mucho. 


Significa asumir las consecuencias de nuestras acciones, 


incluso si eso va en contra de lo que espera el sistema.


Es más difícil de lo que parece.


Y es  lo que Eichmann, 


según Arendt, 


nunca hizo.


Firma: La broma infinita  


[1] El concepto de banalidad del mal fue introducido como subtítulo de Eichmann en Jerusalén: Crónica de la banalidad del mal (1963).


 Arendt dijo en varias entrevistas que no buscaba hacer una propuesta filosófica. 


Solo quería describir lo que observó durante el juicio. La discusión sobre si el concepto puede existir sin la psicología de Eichmann se amplió en su obra póstuma, 


"La vida del espíritu" (1978). 


Esto es especialmente claro en el volumen sobre "El pensar". Para una discusión actual sobre los límites del concepto, consulta Bettina Stangneth, *Eichmann antes de Jerusalén* (2011; trad. española, Taurus, 2016).

...


[2] El intercambio epistolar entre Arendt y Gershom Scholem fue publicado en alemán en agosto de 1963 y en inglés en la revista Encounter en enero de 1964. 


Está incluido en la recopilación The Jew as Pariah (1978).


 La carta de Scholem es del 23 de junio de 1963; la respuesta de Arendt es del 20 de julio de 1963. El fin de la amistad entre ambos fue documentado en la correspondencia editada por Marie Luise Knott: 


The Correspondence of Hannah Arendt and Gershom Scholem (University of Chicago Press, 2017).

[3] La situación de Arendt durante la ocupación francesa y su internamiento en el campo de Gurs están documentados en Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt: 


For Love of the World (Yale University Press, 1982), la única biografía completa en inglés autorizada por los allegados de Arendt. Young-Bruehl tuvo acceso a los archivos personales de Arendt en la Biblioteca del Congreso.

.....


[4] La descripción de la máquina de escribir con el título del capítulo inacabado proviene de testimonios de Mary McCarthy, albacea literaria de Arendt, 


recogidos en la introducción a la edición publicada de La vida del espíritu (Harcourt, 1978).

......


Fuentes


Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Viking Press. [Ed. española: Eichmann en Jerusalén. Lumen, 1999]


Arendt, H. (1951). The Origins of Totalitarianism. Harcourt. [Ed. española: Los orígenes del totalitarismo. Taurus, 2006]


Arendt, H. (1978). The Life of the Mind. Harcourt. [Ed. española: La vida del espíritu. Centro de Estudios Constitucionales, 1984]


Young-Bruehl, E. (1982). Hannah Arendt: For Love of the World. Yale University Press.


Stangneth, B. (2011). Eichmann vor Jerusalem. Arche. [Ed. española: Eichmann antes de Jerusalén. Taurus, 2016]


Knott, M. L. (ed.) (2017). The Correspondence of Hannah Arendt and Gershom Scholem. University of Chicago Press.


Stanford Encyclopedia of Philosophy. (2024). Hannah Arendt. 


Britannica. (2025). Hannah Arendt. 


Jewish Women's Archive. Hannah Arendt. 


National Endowment for the Humanities. The Trial of Hannah Arendt. 

....

Seguís leyendo? Me tenés impresionado.

Como siempre separo mí opinión del artículo objetivo, diré que para que sea crítico debemos separar la opinión personal, las ideas de la autora me tienen fascinado, imagino que hay algo de ella para el experimento de los científicos que lograron que muchas personas accedieran a causar el mal a otros solo por recibir la orden de otro, muy pocos de negaron.


Hay una lógica psicológica en la despersonalización, ya lo vengo trabajando en la idea del fascismo y como se introduce en las personas hasta naturalizarlo. 


El aspecto psicológico de que por simplemente recibir una orden comenzamos a no formar parte de eso.


Aunque la idea es buenísima como concepto a partir de una imagen, lamentablemente utilizaron las fuentes a las cuales no tenía acceso o desconocía para desprestigiar su idea... No podemos negar que la imagen es totalmente contemporánea y propia de su propio análisis...

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