PENELOPE

 



Cuando pensamos en los héroes de La Odisea, casi todos imaginamos a Odiseo enfrentándose a cíclopes, sirenas, tempestades y dioses caprichosos.


Pero quizá el mayor acto de heroísmo de toda la obra nunca sucedió en el mar.


Sucedió en el silencio de un hogar.


Y su protagonista fue Penélope.


Generalmente recordamos a Penélope como la esposa fiel que aguardó durante veinte años el regreso de Odiseo. Una mujer que hizo cuanto estuvo en su mano por mantener el status quo mientras vivía atrapada en la incertidumbre, sin saber si su marido seguía con vida o si regresaría algún día.


Pero esa imagen, aun siendo cierta, es profundamente injusta.


Porque Penélope no fue únicamente una mujer que esperaba.


Fue la mujer que sostuvo un mundo entero para que, cuando Odiseo regresara, todavía existiera un hogar al que volver.


Mientras Odiseo empuñaba una espada frente a monstruos, tempestades y ejércitos, Penélope empuñaba únicamente un telar.


Mientras él contaba con compañeros durante buena parte de su viaje, ella combatía prácticamente sola.


Mientras él luchaba por regresar a casa...

ella luchaba cada día para impedir que ese hogar desapareciera.


Odiseo combatía enemigos visibles.


Penélope combatía enemigos visibles... e invisibles.


Los visibles tenían nombre y rostro.


Más de un centenar de pretendientes ocupaban su palacio, devoraban las riquezas de su casa y la presionaban constantemente para que eligiera un nuevo esposo.


No buscaban únicamente casarse con ella.


Buscaban borrar a Odiseo.

Arrebatar a Telémaco su herencia.

Destruir un linaje.

Apropiarse de una historia.


Pero existían enemigos todavía más peligrosos.


La incertidumbre.

La soledad.

El miedo.

La desesperanza.

La tentación de aceptar que quizá Odiseo jamás regresaría.


Cada pretendiente que atravesaba las puertas del palacio era también una voz que intentaba abrirse paso en su interior.


"Ha muerto."

"No volverá."


Y, sin embargo, Penélope nunca permitió que esa voz decidiera por ella.


Muchos recordamos el célebre episodio del telar.


Prometió que elegiría marido cuando terminara de tejer el sudario para Laertes, padre de Odiseo.


Cada día tejía.

Cada noche deshacía en silencio lo que había tejido durante la jornada.


Durante tres años consiguió mantener viva aquella estrategia hasta que una criada descubrió su secreto.


Durante siglos hemos visto ese telar como el símbolo de una mujer resignada que mata el tiempo mientras espera.


Creo que es exactamente lo contrario.


Aquel telar no fue un pasatiempo.

Fue su espada.


Con él derrotó durante años a más de un centenar de hombres sin derramar una sola gota de sangre.


Si el caballo de Troya fue la gran estratagema de Odiseo...

el telar fue la gran estratagema de Penélope.


Él venció gracias a la espada, al coraje y a una inteligencia extraordinaria.


Ella venció únicamente gracias a la inteligencia, la paciencia y una resiliencia capaz de resistir veinte años sin permitir que el miedo destruyera aquello en lo que creía.


Y quizá ahí resida su verdadera grandeza.


La Historia suele recordar a quienes parten.


A quienes conquistan.

A quienes levantan una espada.


Pero pocas veces se detiene a contemplar a quienes permanecen.


A quienes sostienen un hogar.

A quienes protegen una familia.

A quienes mantienen vivos unos principios cuando todo alrededor les invita a renunciar.


Sin Penélope no existiría el regreso de Odiseo.


Porque un héroe no vuelve únicamente gracias a su fuerza.


También vuelve porque alguien ha protegido durante veinte años aquello por lo que merece la pena regresar.


Quizá por eso una de las escenas más hermosas de toda La Odisea no sea la muerte de los pretendientes.


Quizá sea aquella en la que Penélope ordena mover la cama matrimonial.


Odiseo responde indignado.


Esa cama no puede moverse.

Él mismo la construyó alrededor del tronco vivo de un olivo.


Solo ellos dos conocían ese secreto.


No era una prueba de desconfianza.


Era la confirmación de que, después de veinte años, seguían siendo quienes eran cuando plantaron juntos sus raíces.


Porque las raíces profundas no se arrancan con el paso del tiempo.


Quizá la mayor injusticia de la Historia haya sido llamar héroe únicamente a quien empuña una espada.


Porque Penélope nunca derrotó a un cíclope.


Nunca desafió a Poseidón.

Nunca navegó entre sirenas.

Nunca tensó el arco de Odiseo.


Y, sin embargo...


Fue capaz de vencer algo todavía más difícil.


Veinte años de soledad.

Veinte años de incertidumbre.

Veinte años de presión.

Veinte años sin permitir que el miedo decidiera por ella.


Mientras Odiseo aprendía a regresar...

Penélope aprendía a permanecer.


Y quizá permanecer, cuando todo invita a rendirse, sea una de las formas más heroicas de amar.


Porque emprender un viaje puede ser una odisea.


Pero conservar un hogar, una familia, unos principios, una promesa y una esperanza durante veinte años...


también lo es.


Y quizá esa fue la verdadera odisea de Penélope.


La de la heroína que casi nadie cantó.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

PAGINAS AMIGAS

http://www.madamealbert.com.mx/woman-c2lh http://elespaciodemartha.blogspot.mx/ http://xochitlndc.blogspot.mx/ http://cronicadeunaamantedeloslibros.blogspot.mx/ http://creadasaimagendedios.blogspot.mx/