GERTRUDIS BOCANEGRA
Un fresno en la plaza de San Agustín. Una mujer de cincuenta y dos años. Un pelotón de fusilamiento. Ella no llora. No suplica. No delata. Antes de que las balas atraviesen su pecho, tiene tiempo para arengar a la multitud. Les dice que no se rindan. Les dice que la lucha continúe. Les dice que México será libre.
Es el 11 de octubre de 1817. Su nombre es Gertrudis Bocanegra. Durante décadas, la historia la llamó por el apellido de su marido. Durante décadas, su nombre verdadero se ocultó bajo la costumbre de borrar a las mujeres. Pero ya no. Hoy sabemos que fue María Gertrudis Bocanegra Mendoza. Hoy sabemos que fue una heroína. Hoy, por fin, tiene una estatua en el Paseo de la Reforma, entre los hombres que durante siglos fueron los únicos merecedores de bronce.
Los primeros estudios que se hicieron sobre su vida durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta entrado el siglo XXI seguían refiriéndose a ella como Gertrudis Bocanegra de la Vega y Lazo. Es decir, no se conocía por su nombre completo y aún era nombrada con el apellido de su esposo. La costumbre patriarcal la había despojado incluso de su identidad. Pero en los recientes estudios ya comenzamos a referirnos a ella por su nombre completo, como la mujer silente, idealista y combatiente que se mantuvo leal a la causa de la Independencia por la cual perdió la vida.
El 11 de abril es el aniversario del natalicio de Gertrudis Bocanegra. En el escenario de la región michoacana de Pátzcuaro, a finales del siglo XVIII, el comerciante de origen español Pedro Xavier Bocanegra casó con María Feliciana Mendoza, mestiza y descendiente de un cacique indígena. El 11 de abril de 1765, el matrimonio se iluminó con el nacimiento de María Gertrudis Bocanegra Mendoza, la protagonista de nuestra historia. Nació en una familia de frontera, donde lo español y lo indígena se mezclaban, donde las lealtades no eran simples, donde el futuro era incierto.
En 1810, al estallar el movimiento insurgente encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla, Gertrudis Bocanegra y su familia adoptaron el partido de la rebelión contra el orden establecido. No fue una decisión fácil. Apostarlo todo a la insurgencia era arriesgar la vida, la hacienda, el nombre. Pero ella no dudó. Alentó a su marido y a su hijo, de aproximadamente diecisiete años, para unirse a las filas de Manuel Muñiz, quien se adhirió al movimiento insurgente de Hidalgo con el encargo de apoderarse de Pátzcuaro. Se sabe también que una de las hijas de Gertrudis casó con el oficial insurgente José María Gaona. Toda la familia estaba en la lucha.
En medio de la guerra y de un mundo en acelerada transformación, Gertrudis Bocanegra participó como portadora de correo de los insurgentes. En ocasiones proporcionaba información sobre las operaciones de las fuerzas realistas en Pátzcuaro y Tacámbaro. Nutría a la causa mediante el suministro de víveres y recursos económicos. No empuñaba un fusil, pero su labor era igual de peligrosa. Los realistas no perdonaban a los correos. Los colgaban de los árboles sin juicio previo.
Aquella mujer criolla de Pátzcuaro experimentó la satisfacción de ver cumplidas las encomiendas, pero también sufrió pérdidas y derrotas. Su esposo y un hijo perdieron la vida en la batalla de Puente de Calderón, el 17 de enero de 1811, cuando las tropas realistas de Félix María Calleja derrotaron estrepitosamente a los ejércitos comandados por Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo. Su marido. Su hijo. Muertos en el campo de batalla. La guerra le había arrebatado lo más preciado. No obstante, Gertrudis siguió colaborando con los insurgentes, acompañada de su yerno, quien permaneció activo y en campaña durante tres años. No se rindió. No se fue a llorar a un rincón. Siguió peleando.
Silente, precavida y astuta, Gertrudis desplegó su apoyo para la causa de la libertad durante siete intensos años. Siete años de peligro constante. Siete años de madrugadas sin dormir. Siete años de cartas ocultas en el dobladillo de la falda. En 1817, cuando se desarrollaba la campaña del libertador navarro Xavier Mina en tierras del Bajío, Gertrudis, en Pátzcuaro, desempeñaba el encargo de espiar a los enemigos, informar a los insurgentes sobre la situación de la ciudad, conseguir adeptos para la causa y contribuir a la organización de un levantamiento para ocupar la plaza. Era una red compleja. Ella era el centro.
Desafortunadamente, fue descubierta junto con otras personas cuando trataban de sustraer el parque de la guarnición. Alguien habló. Siempre hay alguien que habla. Los realistas cayeron sobre ellos. Gertrudis fue conducida ante las autoridades militares, quienes la sometieron a interrogatorio. Querían nombres. Querían direcciones. Querían la lista completa de los conspiradores. Pero ella, que había perdido a su marido y a un hijo, que había arriesgado todo durante siete años, no dijo nada. Dio muestras de fortaleza. Se mantuvo fiel a la causa insurgente. Se negó a proporcionar información o a delatar a sus compañeros. Prefirió morir.
Fue enjuiciada y condenada por los delitos de sedición y conspiración contra la autoridad del rey. Motivo por el cual se le impuso la pena de muerte. No hubo indulto. No hubo clemencia. El militar español Matías Martín y Aguirre fue el encargado de ordenar el fusilamiento. Tuvo lugar el 11 de octubre de 1817, al pie de un fresno, en la plaza de San Agustín, en Pátzcuaro. Se dice que antes de morir, aquella mujer de cincuenta y dos años tuvo el ánimo y la fuerza para arengar a la gente con el propósito de continuar la lucha por la independencia y la libertad de un nuevo país. Sus últimas palabras no fueron de miedo. Fueron de esperanza. Su voz y su energía se apagaron con el fuego que invadió en un instante su corazón.
El cuerpo de Gertrudis Bocanegra recibió honra y sepultura en la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad que la vio nacer, crecer, casarse, rebelarse, ser capturada, morir y convertirse en la leal "Heroína de Pátzcuaro". Durante mucho tiempo, su tumba fue un lugar de peregrinación para los patriotas. Luego, con el paso de los años, cayó en el olvido. Pero los patzcuarenses nunca la olvidaron del todo.
Su imagen ha sido reconstruida por las bellas artes. Apenas en 2021 se erigió una estatua de ella en el Paseo de la Reforma, la avenida más importante de la Ciudad de México que sólo tenía estatuas de próceres hombres de nuestra historia. Ahora, junto a los generales y los presidentes, junto a los héroes de bronce, está ella. Gertrudis Bocanegra. La mujer que perdió a su esposo y a su hijo en la guerra. La mujer que espió para los insurgentes. La mujer que calló ante los verdugos. La mujer que arengó al pueblo antes de morir. Por fin, en el lugar que le corresponde.
Hoy, cuando pases por el Paseo de la Reforma, busca su estatua. No es la más grande. No es la más imponente. Pero es la más necesaria. Porque nos recuerda que la Independencia de México no la hicieron solo los hombres. La hicieron también las mujeres. Las que cocinaban para los soldados. Las que cosían banderas. Las que llevaban mensajes ocultos. Las que, como Gertrudis, prefirieron morir antes que traicionar.
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